Soportales antiguos

De Enciclopedia de Guadalajara
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Artículo de Pedro José Pradillo y Esteban, bajo licencia CC By-sa petit.png

El soportal como elemento característico del urbanismo histórico español tuvo su manifestación en la ciudad de Guadalajara; aunque, después de la aplicación de diversos acuerdos tomados por el Ayuntamiento durante el siglo XIX, hoy apenas quedan ejemplos evidentes en la plaza Mayor y en la plaza del Concejo.

Se trata de los exiguos restos de una modalidad arquitectónica antigua que, recientemente, se ha recuperado en Guadalajara para ubicarlos en fachadas del casco antiguo donde nunca existieron y en algunas vías de reciente creación, como es el caso de la calle Julián Besteiro o del bulevar de Entrepeñas.

Un primer antecedente supuso la entrada en vigor del Plan de Ordenación de 1962 que preveía la creación de soportales en todo el frente de la plaza del Capitán Boixareu Rivera, un ordenamiento luego superado por el Plan de Ordenación de 1983, y en la entonces plaza del General Mola, hoy plaza de Santo Domingo.

Más recientes son los erigidos ex novo en la fachada septentrional de la plaza Mayor, abiertos al público en el mes de junio de 2011, y que tienen su continuidad en la calle Román Atienza, donde sí los hubo. Estos dos tramos se han resuelto con pilares falsos de piedra traventina, que se rotan sobre sí para lograr un efecto de dudosa interpretación.

Un elemento clásico

Según los historiadores del urbanismo, el soportal tiene sus orígenes en la arquitectura clásica del Mediterráneo, concretamente en el peristilo grecorromano. Como cualquier fábrica arquitrabada, el portal está compuesto por la sucesión de uno o varios pies derechos, resueltos con postes de madera o columnas de piedra, que soportan las vigas o jácenas de madera sobre las que descansa el muro que constituye la facha de las plantas superiores y el maderamen del forjado del pasadizo que generan.

Por lo general, esta modalidad constructiva se desplegaba en los enclaves urbanos con funciones comerciales y de esparcimiento, allí donde se preveía una elevada concurrencia y tránsito de personas. De hecho, en la península Ibérica es común que, desde la Edad Media, las plazas y calles mayores contaran con aceras soportaladas por las que el usuario pudiera transitar, a cubierto de las inclemencias del tiempo y del tráfico rodado, entre los negocios y tiendas de artesanos y comerciantes.

También fue una práctica del urbanismo de la Edad Moderna la creación de amplias y diáfanas plazas regulares, cerradas con fachadas y soportales de diseño uniforme. Para este período son recurrentes los proyectos singulares realizados en las ciudades de Madrid o de Salamanca.

Orígenes y ubicación

1849. Soportales en el centro de la ciudad. Detalle del Plano de Guadalajara. Brigada Topográfica del Ejército.
1848. Soportales en la plaza de Santa María. Detalle del Plano de Guadalajara. Brigada Topográfica del Ejército.
1850 (ca.). Plaza de Santa María e iglesia de San Miguel. Grabado romántico.
Demolición (2006) de la finca número 3 de la calle Miguel Fluiters. Detalle de la columna y zapata del soportal cerrado en 1839.
Columna del antiguo soportal en la plaza del Concejo (2011).
Soportales ex novo en el frente septentrional de la plaza Mayor (2011)

En atención a los datos que conocemos, sabemos que la actividad comercial de la Guadalajara medieval se desarrollaba principalmente en la plaza Mayor y en el tramo de vía pública que discurría entre este espacio y la plazuela de Santiago, así como en las plazas de San Gil y de Santa María, allí donde hubo casas con portales abiertos.

En el Archivo Municipal de Guadalajara se encuentran algunas referencias sobre la apertura y construcción de soportales en algunos de estos enclaves. Por ejemplo, el 20 de abril de 1475 el Concejo permitía a Pedro Buenvecino armar unas cámaras sobre un portal de la plaza de Santa María. Con este mismo sentido, podemos traer la facultad otorgada en esas fechas a Ferrando Maçote para instalar su herrería y vivienda sobre otro existente en la plaza de San Gil.

También, y aunque nos resulte extraño, otros acuerdos sentados en las Actas del Concejo del siglo XV reflejan actuaciones en sentido contrario; es decir, acordando la eliminación de soportales para favorecer las demandas de algunos particulares. Entre ellos, podemos citar las peticiones realizadas en 1485 por Ferrando de Arce y por Bartolomé Pescador para cerrar los existentes en sus casas de la plaza pública.

Hemos de suponer que, en principio, estos pasadizos públicos se constituían por simples hileras de pies derechos de madera, rematados por zapatas del mismo material, e izados sobre sencillos dados de piedra; para, después, durante el siglo XVI y primeras décadas del siglo XVII, ser sustituidos por columnas y capiteles labrados. Así lo supuso Francisco Layna Serrano quien, sin citar la fuente, hizo responsable de esta sustitución al cardenal Pedro González de Mendoza.

Estas escuetas referencias, y la información vertida en los planos más antiguos de la ciudad, nos permiten identificar las calles y plazas donde existieron estos elementos, considerados como una de las invariantes del urbanismo histórico español. Estos planos aludidos fueron levantados por la Brigada Topográfica del Ejército en 1848 y en 1849. El primero es un ejemplar único, conservado en el Archivo General Militar de Madrid, que además del casco urbano recoge sus «inmediaciones»: el entorno rural que circundaba a la ciudad. El segundo, más sencillo, se limita al caserío; de él existen dos originales: uno, en el archivo citado y, otro, en el Municipal de Guadalajara. En ambos documentos podemos observar, con mayor o menor detalle, los tramos de soportales que en aquel momento existían entre la calle del Teniente Figueroa y la plaza Mayor]].

En la entonces plaza de Santa Clara se dibujan siete pilares en la fachada que actualmente corresponde con la finca número 33 de la calle Miguel Fluiters.

En la llamada plaza de la Cruz Verde se señalan otras seis columnas formando el ángulo que define la plazuela en su frente meridional, pero desconectadas de las otras tres que se sitúan en la calle Mayor, en el tramo previo al arco que cerraba la plaza pública.

Aquí, en la plaza Mayor, observamos la dimensión que alcanzaron los soportales en tres de sus fachadas, y la función regularizadora que tenían frente a la línea quebrada que ofrecían los muros interiores de todos los corredores. Después de la confección de estos planos serían renovados algunos de sus edificios y, entonces también, el diseño de los soportales. Es en 1867 cuando se aprueba el proyecto de reforma y alineación de la plaza Mayor presentado por Tomás Sánchez Gómez, en el que este facultativo municipal propone la sustitución de las columnas de orden clásico por pilastras de sección cuadrangular atendiendo a razones estéticas y económicas: «Hemos preferido la clase de construcción indicada a otra que tal vez presentaría más belleza, porque por una parte es menos costosa y por otra se presta mejor para la combinación o enlace de las construcciones actuales con las nuevas.»

Sin embargo, en el planos de 1848 y 1849 no aparecen dibujados los pilares que definían los portales de la plaza de San Gil y que ahora son visibles en la finca número 5 de la plaza del Concejo, tanto en su exterior como en el interior del establecimiento hostelero que allí existe. Los autores del levantamiento, por el contrario, no obviaron las columnas que constituían el pórtico frontero de la iglesia de San Gil.

Por último, indicar que sólo en el plano de 1848 se dibujan los soportales de la plaza de Santa María como parte integrante de la casona que fuera de don Enrique de Aragón y Mendoza, enfrente de la antigua Armería del Infantado y de su fuente porticada. Tal como vemos en el grabado anónimo que adjuntamos, los siete pilares de este soportal servían de enlace entre el pórtico de la iglesia de Santa María y el de la iglesia de San Miguel.

Proceso de enajenación y eliminación

Es en estos años en los que los Ingenieros Militares están realizando la toma de datos para confeccionar los planos topográficos de Guadalajara, cuando su Ayuntamiento pone en práctica los ideales higienistas que pretendían modernizar el aspecto y servicios urbanos del municipio: regularización y ensanche del trazado de calles, ordenación de plazas como jardines públicos, derribo de puertas y murallas, canalización general de aguas y nueva red de alcantarillado, etc.

Para el caso que estamos tratando, el arco cronológico de las actuaciones reguladoras se dilata, según los datos conocidos, entre 1837 y 1869. Las razones esgrimidas entonces para justificar la eliminación de los soportales se centraban en motivos de orden moral y de salud pública: «para evitar los excesos que a favor de la oscuridad suelen cometerse y apartar al mismo tiempo de la vista del público las inmundicias que se depositan».

Las primeras disposiciones que hemos localizado afectaron a las columnatas de las calles confluentes a la plaza Mayor; así, en 1837, se decretó el cierre de los soportales de la calle de Panaderos; en 1839, el del frente comprendido entre la Mayor y la de la Cruz Verde; y, en 1849, todos los tramos que todavía aquí permanecían abiertos.

Antes, en 1843, se cerraron los pasadizos de la calle Cristo de Rivas por cuenta de los propietarios de las fincas afectadas, « sacando las puertas de dichas casas a la línea marcada por los postes y procurando dejarlas de forma que no perjudiquen el paso libre de los transeúntes ni presten mal aspecto al ornato público». El gasto ocasionado por estos trabajos era sumamente satisfactorio para sus promotores, pues el tramo de vía pública ocupado pasaba a formar parte del solar del propietario de la finca.

En 1854, se pretendió cerrar una porción de los soportales fronteros a la fachada de la casa Consistorial y se eliminaron los de la plaza de Santa María. Finalmente, en 1869, don Florencio Javer, gobernador civil de la provincia, insistió frente al Ayuntamiento para que llegara a un acuerdo con los propietarios de las casas aportaladas de la plaza de Santa Clara para que definitivamente hicieran desparecer sus pasadizos.

No obstante, el ulterior episodio sobre la destrucción de este típico elemento urbano se ha producido en los últimos años; cuando, al amparo de la burbuja inmobiliaria, se renovaron los edificios que mantenían los soportes colocados en la Edad Moderna (ocultos, o no, a la vista de todos).

Así ha ocurrido en las construcciones de plaza Mayor; donde, en todos los casos, hemos visto como se perdían las columnas y capiteles de piedra originales y se sustituían por otros de nueva factura. En el mejor de los casos, los nuevos pilares han repetido el modelo original; y, en el peor de ellos, sólo se han convertido en simples elementos decorativos que enmascaran una nueva estructura de pies metálicos.

Bibliografía

  • Diges Antón, Juan. Guia de Guadalajara. Guadalajara : Imprenta y Encuadernación provincial, 1890.
  • Layna Serrano, Francisco. Historia de Guadalajara y sus Mendozas en los siglos XV y XVI. 2ª ed. Guadalajara : Aache, 1993-1996. 4 vol.

López Villalba, José Miguel. Las actas de sesiones del Concejo medieval de Guadalajara. Madrid : Universidad Nacional de Educación a Distancia, 1997.

  • Pradillo Moratilla, José. Guadalajara de antaño. Guadalajara : José Luis Pradillo de Miguel, 2008.
  • Pradillo y Esteban, Pedro José. "Los antiguos soportales de Guadalajara", en El Decano, Guadalajara, 3 de febrero de 1998.

__ "Organización del espacio urbano en la Guadalajara medieval", en Wad-Al-Hayara, 26, Guadalajara, 1999, p. 17-55.