Palacio de Miralrío

De Enciclopedia de Guadalajara
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Artículo de Pedro José Pradillo y Esteban, bajo licencia CC By-sa petit.png
Escudo del palacio de los señores de Miralrío.

El palacio del Señor de Miralrío se integra en un interesante conjunto de arquitectura civil característica de la Guadalajara de los siglos XVI y XVII; entre otros edificios podemos citar el palacio de don Antonio de Mendoza, el palacio de Dávalos, el palacio de La Cotilla, el palacio del Conde de la Vega del Pozo, el palacio del Conde de Coruña, el palacio de los Torres, y el palacio del Vizconde de Palazuelos.

Esta casona de los señores de Miralrío se emplaza en el frente septentrional de la plaza de Dávalos, uno de los espacios urbanos más degradados del casco histórico de la ciudad, después de que las viviendas erigidas en la Edad Moderna se sustituyeron por otras de nueva construcción, a excepción del palacio que da nombre a la plaza, y de que su espacio libre se haya convertido en un desordenado estacionamiento para vehículos.

Una vez más la piqueta especuladora amenaza a una construcción singular, mal catalogada y desprotegida por la normativa urbanística, a pesar de que en su fachada campea un bello escudo de ramas, un elemento protegido con la categoría de Bien de Interés Cultural (BIC) por el Decreto 571/1963 del 14 de marzo, sobre protección de los escudos, emblemas, piedras heráldicas, rollos de justicia, cruces de término y piezas similares de interés histórico-artístico (B.O.E. 30-3-1963).

Una casa solariega poco documentada

Vista aérea de la plaza de Dávalos y de las casonas de los Medrano y Mendoza (1961).

Juan Diges Antón en su Guía del Turista en Guadalajara (1914), al tratar de las casas solariegas, enumera e identifica los edificios más representativos de aquella noble plaza:

En la plazuela de Dávalos las tiene el marqués de Peñaflorida. Son las que pertenecieron hasta hace pocos años al industrial Sr. Vega. Este señor desmochó la fachada, de la que solamente quedó la parte baja con portada de sillería, sin escudo, y dos ventanas con jambas y dintel del mismo material.
En esta misma plazuela hay unas que pertenecieron a la familia Medrano, aunque perdido su antiguo carácter.

Las del marqués de Peñaflorida se situaban frente al palacio de Dávalos y fueron derribadas hace varias décadas para, sobre su solar, construir un conjunto de viviendas agrupadas en torno a un gran patio ajardinado. Las de la familia Medrano son las que ahora nos ocupan.

Esta casona de los Medrano también fue citada por Francisco Layna Serrano en su Historia de Guadalajara y sus Mendoza en los siglos XV y XVI (1942), cuando, al tratar de los patios de los palacios alcarreños, se limita a señalar que hay «otros muchos más pertenecientes a casas hidalgas cuyas portadas fueron rehechas y por completo transformadas en el siglo XVII o más tarde, como la de los conde de Medina (hoy Delegación Provincial de Hacienda), la de los Medrano en la plaza de Dávalos, la de los Caniego de Guzmán (después condes de la Concepción) en la plaza de San Esteban, y tantas otras que sería prolijo de enumerar.»

Son estas las dos únicas referencias que podemos aportar, pues esta casa de los Medrano no fue objeto de atención en las monografías de José Miguel Muñoz Jiménez y de Antonio Miguel Trallero Sanz sobre la arquitectura civil de Guadalajara durante la Edad Moderna.

Vivienda de los Medrano y Mendoza

Fachada principal del palacio de Miralrío (2008).

Después de diversas consultas e indagaciones, a fecha de hoy no podemos documentar el momento y los responsables (mentor, arquitecto y maestro de obras) de la construcción de este palacio; pero sí somos capaces de identificar a sus propietarios desde el siglo XVIII.

Según los datos recogidos en el Catastro de Ensenada, en 1752, esta casa de la plaza de Dávalos era propiedad de don Francisco de Medrano y Mendoza, señor de Miralrío. Su superficie era de 18.207 pies cuadrados, teniendo por fachada 123 pies (unos 34 metros lineales) y 72 de fondo (unos 20 metros) hasta los límites de la actual calle de San Juan de Dios. Medianera a esta casona había otra, propiedad de su hermano, Antonio de Medrano y Mendoza. Ambas fincas habían pertenecido a su padre don Alfonso de Medrano y Mendoza.

Aún en esta plauzela don Francisco de Medrano conservaba, como parte de sus bienes, la casona del mayorazgo de los Ollauri.

Según Félix Salgado Olmeda la saga de los Medrano se inicia con Lorenzo Valle de Medrano, padre de Alfonso de Medrano y Mendoza, que casó con doña Paula de Mendoza y Maldonado, señora de Miralrío, cuyo título pasaría a sus sucesores.

Este entronque con los Mendoza permitió a los Medrano formar parte del Concejo de Guadalajara, asumiendo puestos de relevancia durante el siglo de la Ilustración. Por ejemplo, Alfonso de Medrano y Mendoza fue Alcalde de Padrones desde 1707 y teniente de Alcalde de Puertas desde 1697, un oficio cuyo nombramiento pertenecía a la Casa del Infantado. Este cargo también lo desempeñarían Antonio de Medrano y Mendoza, que además fue teniente regidor de la ciudad desde 1754 y, en propiedad, desde 1758. Seguidamente, Francisco de Medrano y Mendoza ocupó el oficio de Procurador General por el Estado Noble en 1759, 1764 y 1765. Después, desde 1799, Antonio de Medrano y Heredia cumpliría como Alcalde de Puertas.

El señorío de Miralrío, según apunta Antonio Herrera en su libro Crónica de la provincia de Guadalajara (1983), fue creado en tiempos de Pedro I a favor de Iñigo López de Orozco, de quien lo heredó su hija Mencía López; sin embargo, es más cierto que este señorío perteneció desde sus orígenes y hasta 1579 al obispado de Sigüenza. En aquel año, Felipe II hizo merced de él a Juan Maldonado de Mendoza, pasando a sus sucesores: Gabriel de Mendoza y Maldonado y Juan Manuel de Mendoza, este último casó con doña Marina de Ollauri y Coronel. Después recayó en Diego de Mendoza Maldonado y de él en su hermana Paula de Mendoza.

En 1653 se creó el título de marqués de Miralrío a favor del capitán Antonio de Mendoza y Luna.

En 1923, el Catastro de Urbana registra la casona del señorío de Miralrío como dos fincas independientes: la número 8, propiedad de Benita Medrano Huetos; y la número 10, de Antonio Notario y otros. Es esta última la actual número 5 y, según lo descrito en Catastro, constaba de «planta baja con dos cuartos distribuidos en ocho habitaciones cada uno; en planta principal dos cuartos con nueve habitaciones cada uno; tiene dos patios y cámara.»

Después de consultar los fondos del Archivo Municipal no hemos podido documentar ninguna intervención arquitectónica en esos inmuebles; ni la de división de la casona histórica en dos fincas; ni las obras subsiguientes de redistribución de los espacios resultantes; ni otras posteriores, como la adaptación de la finca número 8 para casa de huéspedes.

Descripción y estado de conservación

Vista del palacio de Miralrío desde la cuesta de Dávalos (2008).

El estado general de conservación de esta casona es bueno, sin apreciarse daños o patologías estructurales a reseñar, a excepción de algunos desprendimientos en el revoco de la fachada principal y la rotura de algunos dinteles en los huecos de ventanas. Toda la carpintería exterior es de madera y factura reciente, encontrándose en perfectas condiciones; al igual que la interior, donde se mantienen algunas puertas antiguas de cuarterones bien conservadas.

Por algunos desperfectos, sabemos que los muros de carga de la fachada principal se componen de mampostería, en el zócalo correspondiente a la planta semisótano, y de tapias de tierra en el resto del alzado; las cajas de tapial tienen una altura de unos 50 centímetros y se regulan con tres hiladas de ladrillo en la línea de las agujas.

La entrada al inmueble se efectúa a través de un hueco de medio punto ubicado en el extremo oriental de la fachada principal. Desde aquí se accede a un pequeño portal en el que desemboca una escalera de 7 peldaños de piedra labrada, los necesarios para alcanzar la rasante de la planta baja. Esta asimetría del hueco de entrada y la diferencia de altura entre la calle y la planta de la vivienda son habituales en el diseño de las casonas de la Guadalajara de la Edad Moderna.

Sin embrago, con respecto a aquellas, ésta no cuenta con un patio central; elemento necesario para la distribución de las dependencias y que en otras construcciones era preciso cruzar en diagonal para llegar a la esclarea de comunicación entre plantas (como en el palacio del Vizconde de Palazuelos. Esta anomalía se debe justificar como consecuencia de las transformaciones sufridas por el inmueble durante el siglo XIX.

Como resultado de esas intervenciones no documentadas la planta de lo conservado responde a lo señalado en el Catastro de Urbana de 1923: dos «cuartos» perpendiculares resueltos con muros de carga y divididos en dos crujías por un muro central paralelo a los lados mayores. Esta solución permite la fácil distribución de las habitaciones y alcobas con tabiquería transversal según las necesidades de cada momento.

La fachada principal se ordena con huecos regulares, en la habitual proporción y ritmo de vanos y macizos propia de la arquitectura culta de Guadalajara. Aunque quizás, pudiéramos suponer que su número actual sea resultado de la apertura de nuevos balcones durante las reformas citadas. De hecho, si nos fijamos en los antepechos que cierran estos huecos, observamos que los de la principal son de balaustres de hierro con cenefa de traza decimonónica; mientras que los originales de hierro forjado se distribuyen en los huecos de la fachada lateral y en otros interiores de los patios.

También durante aquella fase de reformas se pudo desmantelar la portada del palacio seiscentista para conservar únicamente el escudo que todavía se expone entre dos huecos de la planta baja, una práctica documentada por Diges y Layna.

El escudo nobiliario

Además de la traza y estructura originales, la casona de los Medrano conserva en la planta semisótano y en el subsuelo varias dependencias para el almacenamiento de víveres y enseres, algunas resueltas con bóvedas y arcos de ladrillo. Pero su elemento más llamativo es el escudo de sutil labra que campea en la fachada principal.

Sobre este motivo trataron Tomás A. Fernández Serrano y José Ramón López de los Mozos en una de sus entregas sobre la heráldica en la ciudad de Guadalajara (2004). Según estos autores el escudo es del conde de Saldaña, un título perteneciente a la primogenitura de la Casa del Infantado. No obstante, atendiendo a la multiplicación y distribución aleatoria de cuarteles y motivos, apuntan a una fecha de elaboración «reciente».

Pero es más cierto que en ninguno de los campos en que se divide el escudo se exhiben las armas de los Mendoza atribuibles a los titulares de Saldaña, como tampoco las propias de los Medrano, ni las de su entronque con aquella casa ducal; incluso, estos motivos parecen ajenos a la heráldica de la nobleza guadalajareña. Sólo los atributos del cuartel segundo: un castillo partido con bandas cotizadas, se repiten en el escudo de una sepultura del siglo XVI ubicada en la iglesia de San Nicolás de Guadalajara propia de la esposa de don Sancho Lasarte y Obregón.

Bibliografía

  • Diges Antón, Juan .Guía del turista en Guadalajara. Guadalajara : Taller tipográfico de la Casa de Expósitos, 1914.
  • Fernández Serrano, Tomás A., y López de los Mozos, José Ramón. "Heráldica en la ciudad de Guadalajara II". En: Actas del IX Encuentro de Historiadores del Valle del Henares, 2004, p. 429-445.
  • Muñóz Jiménez, José Miguel. La Arquitectura del Manierismo en Guadalajara. Guadalajara, Guadalajara : Institución Provincial de Cultura "Marqués de Santillana", 1987.
  • Pradillo y Estaban, Pedro José. El palacio de La Cotilla y su Salón Chino. El Palacio de la Cotilla y su salón chino. Guadalajara : Patronato de Cultura, [2006].
  • Salgado Olmeda, Félix. Elite urbana y gobierno de Guadalajara a mediados del siglo XVIII. Guadalajara : Patronato Municipal de Cultura, 1998.
  • Trallero Sanz, Antonio Miguel. El patio renacentista alcarreño. [Zaragoza : Ibercaja, Obra Social], 1999.


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