Orea Sánchez, Jesús (2015). Crónicas del Tenorio Mendocino

De Enciclopedia de Guadalajara
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Artículo de José Ramón López de los Mozos, bajo licencia CC By-sa petit.png
Cubierta de la obra.

Orea Sánchez, Jesús. Crónicas del Tenorio Mendocino: el mito de Don Juan hecho rito por Gentes de Guadalajara (1984-2015). Guadalajara: Gentes de Guadalajara, 2015, 119 p. [ISBN 978-84-608-2987-4].

Reseña publicada en Nueva Alcarria, 2016-03-23, p. 36. «Baúl de libros», 252,


Muchos años han transcurrido desde que, a mediados de los años ochenta del pasado siglo (1984), un grupo de amigos nos reuniéramos en los bajos del Ventorrero, para después de dar cuenta de unos comistrajos, hablar de los temas que podríamos aportar a aquella Guadalajara que parecía ir despertando del letargo cultural en que parecía haber vivido hasta entonces.

Éramos entonces los socios de la Cofradía de Amigos de la Capa de Guadalajara, quienes, dicho sea de paso, tras los postres, procedíamos a «encapar» a los nuevos miembros de la Asociación, para lo que mojábamos en vino, a modo de bautizo, uno de los picos de la capa del «admitido/a», que después bebía de la jarra y leía una especie de aceptación más en broma que otra cosa, porque de lo que se trataba era de divertirse y pasarlo bien. También comenzábamos a escenificar alguna que otra parte del Don Juan de Zorrilla, por lo que aquellas cenas pasaron a llamarse de Ánimas de Don Juan.

Aconsejo al lector que curiosee en los «Antecedentes del Tenorio Mendocino» (páginas 17-20), donde quedará admirado tras la lectura el acta que, nuestro entonces «Fiel de Fechos» Javier Borobia, redactó a modo de convocatoria a la cena anual que, como siempre, tendría lugar «en la tabla grande del Ventorrero».

Esta es, por así decir, la prehistoria del Tenorio Mendocino.Pero también se hicieron muchas cosas serias.

Un buen día se nos ocurrió que el Día de Ánimas sería el más adecuado para recorrer por la noche, -con antorchas, teas, faroles, candiles, velas y otras luminarias-, los principales monumentos de nuestra ciudad, leyendo en cada uno de ellos un texto literario, propio o clásico, alusivo al mismo. Así se hizo y así se cumplió. De modo que, a la del alba, terminamos en casa del Chato, en la Alaminilla, desayunando unos huevos, chorizos y lomos con patatas y pimientos fritos, además de su correspondiente riego de tintorro.

Pasado algún tiempo y analizando la noche vivida, nos dimos cuenta de que el acto, como todo en la vida, se podía mejorar y hacer partícipe del mismo a cuantos quisieran… Eso fue, básicamente, lo que dio lugar, debidamente perfeccionado, al nacimiento de este Tenorio Mendocino, que ya ha cumplido más de treinta años, de los que veinticinco corre a cargo del grupo Gentes de Guadalajara.

Sin embargo, este «Tenorio» no estriba únicamente en su peripecia burlesca, sino que a ella, por el lugar donde se comenzaron a desarrollar y aún se desarrollan, se unieron otras de carácter «mendocino», de donde resultó esa manifestación teatral que denominamos «Tenorio-Mendocino», hoy ampliamente conocida no sólo en Guadalajara ciudad, sino en muchas otras localidades de la provincia y aún de provincias limítrofes, donde su representación alcanzó notoria resonancia.

Una puesta en escena donde se dan la mano y se aúnan y complementan el romanticismo religioso-fantástico de Zorrilla a través del ambiente nocturno, sombrío y misterioso, del amor imposible y de los finales trágicos, y el renacimiento alcarreño, representado por la familia Mendoza, porque, precisamente, son sus casas, los edificios que dicha saga mandó construir, los lugares donde se desarrolla la acción de este Tenorio Mendocino: el propio palacio del Infantado, el de don Antonio de Mendoza, la plaza de Santa María de la Fuente -frente a la casona del Gran Cardenal y Tercer Rey de España-, la capilla de Luis de Lucena…, como con tanta claridad expone José Antonio Suárez de Puga en su magnífica colaboración “Sentida efeméride” (p. 13), aunque no todo surgiera de golpe, puesto que algunas escenas se fueron añadiendo año tras año, idea tras idea, hasta 1992 en que se hizo la primera representación, cara al público y por única vez, en la cervecería La Cotilla, totalmente abarrotada de público. Jesús Orea escribió por aquellas fechas en El Decano de Guadalajara (4 de noviembre de 1992) las siguientes palabras, llenas de ilusión:

«Don Juan Tenorio (…) fue fiel a la cita con Butarelli en la Hostería del Laurel, junto a las Carmelitas de Abajo; habló por ovillejos con Lucía en La Cotilla, el viejo caserón de los padres del Conde de Romanones; raptó a una Inés -¿por qué no profesa en la orden franciscana que se enclaustró en el Convento de la Piedad?- en el “viejo Brianda”; reposó en su quinta del Palacio del Infantado y encontró salvación frente a la magnífica fachada de Covarrubias, de nuevo en la Piedad, junto a esa verja que da a Correos, en el panteón que antes palacio fue».

Pero, para ello, Borobia contó con el apoyo de ciertas personas amantes del teatro como lo era él, entre las que es necesario mencionar a Fernando Borlán, poeta y profesor en el Instituto Brianda de Mendoza, quien, además de su ilusión y conocimientos, inculcó el amor por el teatro a una buena parte de sus alumnos, y también a José Luis Matienzo, creador del Teatro Joven de Brihuega. Aunque, a pesar de todo, como señala Jesús Orea en su libro, Javier Borobia tuvo muchas dudas antes de poner en marcha, definitivamente, el Tenorio Mendocino, no sólo por la complejidad del proyecto y la falta de recursos económicos que entonces se padecía, sino, sobre todo, por la falta de ensayos suficientes; pero al final, cerrando los ojos, decidió llevarlo a cabo por no defraudar las ilusiones de tantos jóvenes y menos jóvenes que se habían implicado en el proyecto y para contribuir, en buena medida, a que los alcarreños de Guadalajara supieran valorar su historia y su patrimonio. «Así, el mito de Don Juan comenzó a hacerse también rito en Guadalajara».

Hoy, el libro que comentamos, es, se ha convertido de la noche a la mañana, como así se indica en su título, en una especie de crónica, es decir, en un escrito en el que se recogen los hechos más sobresalientes que fueron teniendo lugar, dispuestos de forma cronológica, y que, por lo tanto, ha devenido a convertirse en un documento que, sin duda, podríamos calificar como «histórico».

En él pueden encontrarse los escenarios que se siguen en cada una de las representaciones: desde la capilla de Luis de Lucena (hostería del Laurel), el atrio de la concatedral de Santa María, el palacio de la Cotilla (casa de doña Ana de Pantoja) y el claustro del convento de la Piedad (celda de doña Inés), pasando por el patio de los Leones del palacio del Infantado (quinta de don Juan) y la iglesia de los Remedios (aposento de don Juan), hasta la del convento de la Piedad (panteón de la familia Tenorio).

Ruta que da paso a la crónica propiamente dicha de cada una de las representaciones del Tenorio Mendocino, desde su creación en 1992 hasta 2014, año en que se dijo que «el Tenorio Mendocino se seguirá haciendo aunque fuera con velas». Una explicación previa, el elenco de los actores participantes, la fotografía del cartel del año y otras fotografías de los aspectos más destacados, además de notas de prensa.

Sin duda, Jesús Orea ha recogido la huella del Tenorio Mendocino, incluso desde antes de convertirse en representación pública, en este bello libro que, desde ahora mismo, forma parte de la intrahistoria de la Guadalajara capitalina. Y sí, es cierto aquello que dijera Borobia: las gentes de Guadalajara parece que tras conocerlo, van sabiendo amar lo suyo, especialmente ese patrimonio que acoge algunas escenas y sirve de fondo a tantas otras.