Nombres de Guadalajara

De Enciclopedia de Guadalajara
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Artículo de José Ramón López de los Mozos Jiménez y José Antonio Ranz Yubero, bajo licencia CC By-sa petit.png

Este artículo estudia, desde un punto de vista toponímico, los nombres antiguos de la ciudad de Guadalajara. Aunque la identificación de Guadalajara con los topónimos de época romana "Arriaca" y "Caraca" no parece segura, estos han dado lugar a los gentilicios "arriacense" y "caracense" que todavía se usan para referirse a los habitantes de Guadalajara, con independencia de su rigor histórico.

Arriaca

Algunos autores afirman que Arriaca estuvo situada entre Usanos, Fontanar y Marchamalo, al noroeste de la actual Guadalajara. Fuente: Cartografía del Instituto Geográfico Nacional.

Arriaca consta en el Itinerario de Antonino, obra fechada en los siglos II-III dC (Herrera Casado, 1985, 12). Se afirma que era una ciudad carpetana situada entre Usanos, Marchamalo y Fontanar; pero Abascal (1982, 45) sostiene que su emplazamiento exacto estuvo en el despoblado de Varrecas, próximo al Burgo, al norte de la actual Guadalajara. Por su parte, Tovar (1989, 239) la ubica en San Pedro, hacia Marchamalo

Para Layna (1942, 19) "Arriaca" procede del vasco; según Menéndez Pidal (1968, 218) del ibero-vasco, y según Gómez Moreno (1925, 494), del ibero. Criado de Val (1976, 12) dice que, en cualquier caso, se relaciona con ARRIA, `piedra´, o con el árabe RISHAQA, `lugar elegante´ como los topónimos murcianos Arrijaca y Arriaxaca (Steiger, 1958, 25-26).

Humboldt (1959, 53) explica "Arriaca" a partir de la forma "arria", `piedra´, y del sufijo locativo -aga. Así mismo dice Lapesa (1985, 33) que "la antigua Arriaca coincidía con el vasco "Arriaga", `pedregal´". En Curchin (1997, 260-261) se señala que el topónimo Arriaca, contiene el sufijo -aca, propio de diversos nombres geográficos indígenas, y después apunta que este nombre quizá provenga del latín ARRIUS, un gentilicio ampliamente atestiguado en el centro de España.

El posible parentesco entre la forma "Arriaca" y "Alacarria", así como diversas hipótesis sobre la significación de "Alcarria", pueden encontrarse en Ranz (1991, 475-480). Por su parte Vallejo Girvés (1999, 70) sostiene que la identificación entre Arriaca y Guadalajara, no tiene, hoy por hoy, fundamento arqueológico, epigráfico, ni se adecúa a las distancias registradas en el Itinerario de Antonino.

En conclusión, el topónimo Arriaca es una muestra de la supervivencia de las lenguas indígenas, más allá de la romanización y la desaparición del Imperio Romano (Galmés, 2000, 62).

Caraca

Hervás (1979, 168) declara que entre los nombres de ciudades citados por Tolomeo se encuentra el de "Caraca", lugar que se ha emplazado donde la actual Guadalajara. La investigación contemporánea ha rechazado la identificación de Caraca con Guadalajara, que dió lugar al gentilicio "caracense".

Caraca derivaría del vasco "Caraza", `oportunidad´. García Pérez (1993, 48-49) afirma que esta denominación alude a una casa de campo, quinta, majada, pueblo pequeño, datos que coinciden con pueblos situados a gran altura, y con abundante piedra.

Guadalajara

En la obra de Al-Razi aparece como "Aguadalfaxar", y en la Crónica Albeldense del año 878 es "Uatelhaggara" (Retuerce, 1994, 35). Como "Guadalfajara" se halla en 1107 (García López, 1973, 23n). La variante "Guadalfaiara" se registra en la Confirmación de los límites de la Diócesis de Toledo por Honorio II, el 12 de marzo de 1127 (Rivera, 1966, 80). Rodríguez Lozano (1977, 67) señala que Guadalajara es una Kura de Al-Andalus que aparece como "Wadi-l-Hiyara".

Varias son las hipótesis planteadas sobre el significado del topónimo Guadalajara. Torres (1648, fol. 31) da para Guadalajara el sentido de `río de las piedras´ o el de `la cuesta junto al río de piedras´. Layna (1934, 5) parte de GUAD-IL-FACHIRA, `río de piedras´, indicando la escasa corriente del Henares, sobre el lecho de cantos rodados. Para Rohlfs (1951, 254), Rivera (1966, 105) y Villar (2000, 152) es `río de las piedras´, alusión equivalente a "Fluvius Lapidum" según Rivera. Cepeda y Cano (1991, 9) le otorgan la acepción de `río que corre entre piedras´.

Para Al-Makki (apud. Herrera Casado, 1992, 18) Guadalajara viene del árabe Wadi-l-Hiyara, `valle de los castillos´, donde "wadi" es `río y tierras pobladas´, y el étimo "hiyara", `castillo, alcazaba o torreones fuertes´. García Pérez (1993, 44) interpreta Guadalajara como `río de Pelegrina´, aludiendo este último nombre a una marca, mojón, mercurio, cruce, etc. Reciéntemente el mismo autor (2002, 115) relaciona esta forma con `plataforma rocosa´.

Por tanto el topónimo "Arriaca" fue transformado por los árabes en "Guadalajara", que se puede interpretar como `río de piedras´. Vega (1951, 1) niega la idea de que Guadalajara proceda del árabe "uad" y de "jara", con el artículo o letra solar en el centro, "Uad-l-jara", con el valor de `río sucio´.

Medinat al-Faray

Terreras de la margen izquierda del río Henares a su paso por Guadalajara. En el ángulo superior derecho de la fotografía se aprecia el puente, de origen árabe.

"Madinat al-Faray" es el nombre que debió adoptar Guadalajara después de la pacificación o sumisión de las ciudades rebeldes de Toledo en el año 932 (Vallvé, 1995, 534). Una variante de Madinat Al-Faray es el nombre "Medina Alfaragel" que figura en la Historia Arabum de Jiménez de Rada, XL, 4, fallecido en 1247: "Post hec Çuleman uocauit Mundir qui preerat Cesarauguste et alium preerat Medine Alfaragel, quae nunc dicitur Guadalfaiara". Esta variante, según enseña Terés (1992, 19-20), también aparece en la llamada Primera Crónica General de España que mandó componer el rey Alfonso X entre 1282 y 1284.

La forma Medinat al-Faray no se relaciona, como apuntan Terés (1992, 11-35) y Cuadrado y Crespo (2001, 87-97), con un personaje histórico llamado al-Faray o Faray, hijo de Salim, a quien se le atribuye también la fundación de Madinat Salim (Medinaceli), ni se puede interpretar como `ciudad de los valles´ como hace Moreno (1977, 18), ni tan siquiera, aunque con más visos de realidad, como `ciudad del mirador o de la bellavista´ (Vallvé, 1995, 534), sino que se emparenta con "faray", como `farallón´, o sea, `roca alta y tajada que sobresale en el mar y alguna vez en tierra firme´ (Diccionario de la Lengua, 1992 I, 951). Evidentemente su aplicación para este caso es la que figura en segunda posición: `roca y, en general, terreno alto y tajado que sobresale en tierra firme´, o si queremos, con parecido significado: `cortado en el terreno que deja un lugar elevado a un lado, que lo separa del otro, más bajo´.

Pero, ¿qué es un farallón toponímicamente hablando? Para cualquiera que siga el camino del valle y penetre por el entonces vado del río Nares o Henares, se trataría ni más ni menos que de lo que hoy venimos conociendo y denominando como las terreras, pobladas ya desde la antigüedad. Por tanto, farallón equivaldría o sería igual, en este caso, a `terrera´ (tierra escarpada desprovista de vegetación), pero de paredes verticales por efecto de la erosión fluvial, y por tanto inaccesibles.

Sencillamente creemos que una sonorización más o menos moderna equivoca las palabras Faray y farallón (nombre propio de persona y nombre común de accidente geográfico), mediante una homofonía posterior, que las asimila y confunde en una sola.

Ahora bien, un farallón es un lugar en alto -como hemos dicho- desde el que se puede ver y controlar (dominar) un amplio espacio de terreno. Y así tenemos ya las piezas fundamentales para el nacimiento de una primera puebla: un camino anterior -quizás romano, (por demostrar)- "junto" al río, en el que existe un vado por el que atravesarlo y acceder así a los cerros próximos donde poder asentar un primitivo edificio defensivo de base, sin olvidar la propia vigilancia del vado y el camino, desde los `farallones´ o `terreras´ intermedios, fácilmente defendibles en caso de ataque.

Una `Ciudad del Mirador´, pues, sin contenido poético alguno, pero sí con el defensivo que le conviene y que vendría a equivaler a otros lugares como Espejo, Mira, Mirabueno, Miradero, Mirador, Mirón (casi siempre un cerro), o tantos otros Miral... Río, Campo, etc., que tan frecuentemente aparecen en los repertorios de toponimia menor al uso, a los que conviene añadir las Atalayas y Talayuelas, las Asomadillas o simplemente Somadillas y los Oteros y Oteruelos (y Cerroteros). Todos relacionados con formas naturales del terreno que sirvieron de primera defensa y sobre las que, pasado el tiempo, se asentarían o servirían de base al asentamiento de Atalayas de construcción, Castillos, Torres, Cubos, e incluso Alcazabas que dieron paso a Medinas o Ciudades.

Fluvius Lapidum

En la época de Alfonso VI nuestra ciudad era conocida como "Fluvius Lapidum" (Abascal, 1982, 46): ello se debe a que a la altura del puente se pueden observar, al igual que hoy en día, losas grandes en el fondo del río.

Referencias

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