Motín de Esquilache

De Enciclopedia de Guadalajara
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Artículo de Enrique Alejandre Torija, bajo licencia CC By-sa petit.png

El motín de Esquilache en Madrid y las revueltas que siguieron en Alicante, Cartagena, Cuenca, Elche, País Vasco, Zaragoza... en la primavera de 1766 tuvieron por causa inmediata la serie de malas cosechas de cereales de los años precedentes, debidas fundamentalmente a la sequía, lo que facilitó la subida de precios del pan, el vino, el aceite, la carne, etc., en un Estado como el español, en el que uno de sus distintivos era la red de malos caminos que tradicionalmente había dificultado el abastecimiento de alimentos a las ciudades. La Real Pragmática de 11 de julio de 1765, relativa a la abolición de tasas y libertad de compraventa de grano, dio lugar a que conventos y grandes labradores acopiaran elevadas cantidades de grano para después especular con el y venderlo a precios muy elevados aprovechando la gran necesidad que del mismo había, lo que podían llevar a cabo pues ni el Estado, ni las autoridades locales imponían ya ningún tipo de control como sucediera anteriormente. proverbial

En Guadalajara

La necesidad se hizo sentir en Guadalajara como en el resto del reino. En 1764, el intendente-corregidor de la provincia, Ventura de Argumosa, informaba a Esquilache de la situación: ... un crecido número de vecinos útiles, que mueren a manos de la miseria y consecuentes epidemias... Yo lo acabo de ver en esta Provincia, y los melancólicos efectos de la necesidad me han llenado de dolor, pues caminé algunas semanas sin encontrar en los pueblos otro pan que el de zenteno y cevada mui malo y a precio excesivo, y en cada uno un hospital de enfermos, de que ha perecido un gran número.[1]

El día uno de diciembre de 1765, llegaba a Guadalajara una carta del intendente de la Mancha, Juan de Piña, al Consejo de Castilla, donde exponía su preocupación ante la dramática situación de hambre generalizada en Castilla-La Nueva, a la que malamente se intentaba remediar con pan hecho de distintos granos y que forzaba a la emigración :

Que la necesidad de granos y trigo para el preciso sustento de pan no es limitada a ciertos pueblos y sí en general , especialmente en las cuatro provincias de Cuenca, Guadalajara, Toledo y La Mancha, de que no sólo tengo fundadas noticias más también las experiencias de los clamores, recursos infinitos y concurrencias en busca del trigo ultramarino (en cuya comisión entiendo de orden de SM que no puedo remediar por necesitarse para el Pósito y surtido de la Corte.

... Sólo puedo hacer presente que en las cosechas respectivas de los pueblos no se puede fundar la mas leve esperanza por muy reducidas que recayeron sobre las anteriores de tanta quiebra, y que con haber sembrado y sustentándose hasta ahora están agotados los granos de los labradores, de modo que algunos pueblos perecen y los que mejor tienen a fortuna el surtimiento de pan de mixturas a 10 cuartos, precio jamás ó rara vez visto en las Manchas, originándose de aquí la indecible lástima de desamparar padres a hijos y familias enteras sus domicilios y patrias con errantes precipitados destinos exponiéndose a las resultas que se dejan contemplar.[2]

En el verano de 1763 los precios del pan en Guadalajara experimentaban un alza generalizada que se venía produciendo desde el mes de mayo. La escasa cosecha propició la subida, lo que movió a las autoridades locales a buscar trigo de calidad para ir a comprarlo. Hallaron que en Sigüenza la fanega de trigo, con el transporte incluido, oscilaba entre los 40 y 45 reales. Pero el Concejo no disponía de dinero suficiente para el acopio de las 6000 fanegas de trigo que se necesitaban.

La falta de pan se hizo sentir con dureza en el invierno de 1763 y la primavera del año siguiente, al no encontrase trigo en ningún lado, por lo que el corregidor se vio obligado a racionar ese alimento.

El problema del suministro de pan a la ciudad se agravó por el pleito que mantenía el Concejo de Guadalajara con los panaderos de Marchamalo, encargados del suministro diario de pan a la ciudad, por el motivo del precio y calidad del trigo y pan entregado. La ciudad quedó desabastecida durante varios meses lo que obligó al Concejo a encontrar otros panaderos que proveyeran de pan. El precio de este alimento se elevaba a la par que aumentaba su escasez, por lo que el Concejo pidió un empréstito de 400000 reales para comprar trigo. Pero entre el vecindario cundía el fastidio y acusaban a los comisarios de la mala calidad del pan y de complicidad con los panaderos de Marchamalo. A su vez, estos decían que el pan era malo porque el trigo que les había entregado el Concejo se hallaba en pésimas condiciones. Temerosas de una algarada popular, las autoridades, que ya habían comprobado personalmente la acusación, rebajaron el precio del pan tres cuartos (12 maravedíes), al tiempo que se enfrentaban con las «justicias» de Marchamalo por haber apoyado las quejas de sus panaderos, reprochándoles además que hubiesen consentido que estos trajesen un pan de categoría tan inferior a la ciudad. Aunque los ánimos se calmaron, el pan siguió escaseando.

Con la llegada de la primavera de 1765 las esperanzas se fijaron en la que se presumía prometedora cosecha. Las penurias parecían haber quedado atrás con la compra de 6000 fanegas en Sigüenza, de las que se vendieron 5000 por el mismo precio de 40 reales fanega que se habían, obtenido dejando el resto en reserva. La cosecha finalmente no fue buena, las reservas se agotaron y hubo de recurrirse al trigo almacenado en el pósito, agotando sus reservas.[3] En agosto de ese año se compraron 3.134 fanegas de trigo -a un precio de 52 reales la fanega- a fin de evitar un aumento del precio del pan en el verano y la primavera siguientes. Según Mejia Asensio[4] esta provisión de trigo en el pósito impidió una asonada en Guadalajara, pues el pan cocido de dos libras se vendió en los primeros meses de 1766 a 10 cuartos, frente a los 14 o más de otras ciudades.

El Ayuntamiento de Guadalajara, reunido el día de Viernes Santo, 28 de marzo de 1766, ante las noticias llegadas sobre el motín que ha tenido lugar en Madrid, el Domingo de Ramos, que dio lugar al retiro de Carlos III al palacio de Aranjuez, decidió enviar una representación de la ciudad al rey y manifestarle «el celo, lealtad y deseos de esta ciudad a su Real Servicio», frente al agravio hecho por el pueblo de Madrid, para la que fueron designadas las personas de los caballeros comisarios de la ciudad: D. Antonio Medrano, D. Diego Pedroche, D. Francisco Javier Monge, y D. José Riego. También el obispo de Sigüenza hizo llegar su adhesión a la corona.

Expulsión de los jesuitas

Una de las consecuencias del motín de Esquilache fue la expulsión de la Orden de los Jesuitas de España, para la que previamente se abrió una investigación, la denominada «Pesquisa Secreta», promovida por Aranda y Campomanes con la intención de reunir las pruebas necesaria. El ministro Manuel de Roda encargo a Ventura de Argumosa las averiguaciones reservadas sobre el asunto, gracias a las cuales sabemos que si bien en Guadalajara no hubo una conmoción social, no puede decirse que el motín de Esquilache no tuviera alguna repercusión. Ésta se manifestó con pasquines y cartas amenazantes contra las autoridades locales y provinciales, enviados desde Madrid por D. Melchor Calderón, alférez mayor y gentilhombre de boca de S. M., a sus hijas, las que se ocuparon en propagarlos por la ciudad.[5] La acción de desagravio del Concejo de Guadalajara no parece que gustara a este personaje, a la que juzgó de «mamarrachada», por lo que entró en una rivalidad política activa contra los miembros del mismo. Es conocido que la revuelta fue manipulada por grupos de poder de la Corte. De la indagación en Guadalajara no puede decirse que se hallara alguna prueba que pudiera inculpar a los jesuitas, por mas que Campomanes quisiera hacer ver ella una maquinación de la orden ignaciana.[6] En el resto de la entonces provincia de Guadalajara no parece que se prodigaran los alborotos. La historiografía tradicional recoge los de Pastrana y Renera, y si hemos de creer los informes del intendente de Guadalajara no los hubo en ninguno de los 300 pueblos que componían la provincia.[7]

Notas

  1. Intendente de Guadalajara a Esquilache, 2 de julio de 1764. A General de Simancas, Secretaría de Hacienda, 588.
  2. Archivo Histórico Nacional, Consejos, leg. 6774, exp. 7, caso de Alcaraz.
  3. Mejía Asensio, Ángel: “Pan, trigo y dinero. El pósito de Guadalajara (1547/1753)” Patronato de Cultura del Ayuntamiento de Guadalajara. 2002. Guadalajara. Págs: 333-337.
  4. Mejía Asensio, Angel. "El motín de Esquilache en Guadalajara", Actas del II Encuentro de historiadores del Valle del Henares, 1990, p. 431-438.
  5. Fundación Universitaria Española (FUE). Archivo del Conde de Campomanes, 43-6, «Autos hechos en la ciudad de Guadalajara a consecuencia de la Real Orden sobre la averiguación de los autores de las cartas anónimas satíricas que se escribieron al Intendente y Ciudad con motivo de la Diputación que ésta envió a S. M. manifestando el sentimiento por el tumulto de Madrid. 21 de abril de 1766».
  6. R. Campomanes, Pedro. Dictamen fiscal de expulsión de los Jesuitas de España (1766-1768). Madrid: FUE, 1977. Pág.: 55.
  7. Archivo del Conde de Campomanes, 43-6