Lahorascala, Pedro (2012). América te nombro

De Enciclopedia de Guadalajara
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Artículo de José Ramón López de los Mozos, bajo licencia CC By-sa petit.png
Portada de la obra

Lahorascala, Pedro. América te nombro. Guadalajara : El Autor [Aache Ediciones de Guadalajara S. L.], 2012. 40 p. ISBN 978-84-15537-00-7.

Reseña publicada en Nueva Alcarria, «Baúl de libros», 10 de agosto de 2012, p. 38.


Después de tantos años, vir jubilatus de las tareas periodísticas (dirigió las páginas de Pueblo-Guadalajara) y poéticas (fundador del Grupo Literario Enjambre), Pedro Lahorascala, cuando ya creíamos que no iba a escribir nada más, él mismo lo dijo, nos regala con una brevísima colección de poemas, siete tan solo como número mágico que es, dedicados a llamar, clamar y nombrar a América, que, precisamente, lleva por título América te nombro.

Siete poemas plagados de evocaciones marítimas, siete poemas con olor a tierra y sal, que hablan con el lector de sentimientos sobre ambas tierras extremas: las de la vieja Europa y las de la naciente, por recién descubierta, América y, entre medias, un gigantesco piélago, a modo de río. Son aquellas tierras de las que hablara César Vallejo: Entre las dos orillas corre el río.

Hay un comienzo en que se explica, en prosa, el comienzo de la aventura «americana», desde aquel 3 de agosto de 1492 en que las tres naves partieran del puerto de Palos de Moguer, hasta el 12 de octubre siguiente en que avistasen tierra firme y la posterior firma de las Capitulaciones de Santa Fe, en las que los Reyes Católicos concedían a Cristóbal Colón los títulos de almirante de la Mar Océana, visorey y gobernador de las tierras que conquistase y el derecho a la décima parte del oro, plata, piedras preciosas y especias, que lograse para Castilla.

Los poemas figuran en las páginas impares -en las pares va una imagen de la carabela Santa María, como nao capitana- y comienzan con una «Convocación» que nos recuerda aquella pintura en que Colón se arrodilla al pisar la nueva tierra para «Orar rodilla en tierra en el encuentro».

«Compromiso», el siguiente poema, es esa mezcla a la que antes nos referimos, un recordatorio a las dos partes que separa el río de la mar, que quedaron latentes en el sentimiento y en el recuerdo del viajero: se recuerda América cuando se regresa a España y a España y sus geográficas ausencias, cuando se está en la tierra recién descubierta. Suenan lejanos los ecos:

De Gredos a los Andes, entusiasmo. / Del Caribe al Cantábrico, camino. / Amor, de Guadalupe a Tepeyac

y toda una serie de gritos libertadores:

¡Carne tan nuestra! Doble / sangre, raíz y vuelo, / origen, voz durable, / carne de Extremadura [que no en vano es la tierra que vio nacer al poeta].

«Tierra crujiente» es un poema que recuerda la diferencia complementaria que, al fin y al cabo, existe entre lo que se ve con los ojos de la cara en los mapas, y se toca con los dedos, y el corazón que sale del pecho como un ave de enamoradas alas en busca de ciudades y plazuelas, de jardines, de la palabra compañera y amiga con la que se discute y se habla de poesía y se filosofa.

Es un poema bello y evocador. Ahí va una huella del mismo:

Si los ojos se posan / sobre los mapas fríos. / Si los dedos recorren / litorales pintados, / montañas planas, no, / el corazón se vuela a las ciudades / a correr con los niños las plazuelas, / paseos jóvenes por los jardines, / viejas tertulias en portales frescos / con sillitas de enea. / …

Y el poeta sigue elucubrando, alocadamente, gritando, como antes, nombres amados: «¡América, América! Tus nombres.» Como si fuesen los nombres de otras tantas mujeres amadas y hoy en la distancia, o en el olvido o ya inexistentes…

Ese mapa es su geografía corporal y los dedos son los pinceles que acarician sus formas costeras en exaltación de eróticas ausencias.

«Cuerpo extenso» de ilusiones que fueron ideales de juventud, ideales que movieron el alma y trataron de remediar necesidades vitales a base de heroicas gestas conquistadoras (Punta de Pensacola, La Florida, Buevo México, Texas, Colorado, California…), con los brazos, la bravura y el esforzado ardor.

«Lazos» fueron, lazos de amor y desamor, de guerra y paz, como sucede en toda peripecia vital:

Atravesando ideas / como minas la tierra. / Recruzando fronteras / como enseñas en nieve. / Rompiendo himnos y glorias / como heces, agonías. / Pasaportando hambres / como almas, duelos, lutos. / Oh cuánto exilio, América, / en nuestras dos orillas...

En «Exilio» el nombre del poeta, del de los otros poetas, sale a la palestra y evoca la figura de León Felipe en la botica de Almonacid, dando sentido al llanto que surge en la lejanía, en la distancia obligada, y el camino que fuera apellido se convierte en vital existir y de caminante por tierras de Castilla se torna en llanto en las Américas: «… (Tábara / la luz, en México lirio).»

Para desembocar en el último poema del presente cuadernillo: «Infinitud», la inmensa huella que arranca de la cultura grecolatina y tras pasar sus años medievales en la Castilla del gregoriano y del escriptorio, avanzar por los siglos de los siglos, hasta llevar a América toda una rica herencia, una huella cultural que aún sigue en movimiento y que de América vuelve, regresa a la tierra de la que surgió, para jugar una especie de vaivén donde la palabra y la voz son constante sujeto del poema.

Siete poemas, siete que es uno solo, pues que tal es su amplio sentido. Lástima (o no) que Pedro, poeta, haya querido dejar de lado el cálamo y ahora solo lea, en soledad, su doblado ABC en ciertos salones envidriados de oscuro, por aquello del sol.