Gamo Pazos, Emilio (2012). Corpus de inscripciones latinas de la provincia de Guadalajara

De Enciclopedia de Guadalajara
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Artículo de José Ramón López de los Mozos, bajo licencia CC By-sa petit.png
Portada de la obra

Gamo Pazos, Emilio. Corpus de inscripciones latinas de la provincia de Guadalajara. Guadalajara : Diputación Provincial , 2012. 368 p. Premio Provincia de Guadalajara de Investigación Histórica y Etnográfica 2011. ISBN: 978-84-92502-26-4.

Reseña publicada en Nueva Alcarria, «Baúl de libros», 26 de octubre de 2012, p. 33.


Emilio Gamo Pazos es el autor de este interesantísimo libro que, indudablemente, servirá de guía a otros venideros, uno de esos libros que hemos dado en llamar «herramienta», porque se trata del más amplio corpus de inscripciones latinas que se ha hecho en nuestra provincia hasta el momento.

Tema además que, aparte de algunos estudios breves por lo general, apenas si se había estudiado con tanto detenimiento, como indica Juan Manuel Abascal en el prólogo del libro, ya que apenas se conocían algunos trabajos del Padre Fidel Fita y poco más; de modo que esta obra, que fue merecedora del Premio de Investigación Histórica y Etnográfica en 2011, que viene convocando anualmente nuestra Diputación Provincial, constituye una gran aportación al estudio de este tipo de huellas, que tiene el valor añadido de ser una amplia recopilación, un amplio catálogo razonado, de numerosas inscripciones -ciento sesenta y dos- entre las que se han añadido gran cantidad de piezas localizadas o aparecidas en lo que va del presente siglo.

Un catálogo totalmente actualizado en el que también se han incluido interesantes restos cerámicos, grafitados casi siempre sobre T.S.H. (Terra Sigillata Hispánica), -con lo que se indicaba la posesión de la vasija, generalmente pertenecientes a esclavos que se empleaban como mano de obra en las villae destinadas a la agricultura- y numerosos glandes (balas) de plomo, utilizados como proyectiles de honda, muchos de los cuales -once en concreto- fueron descubiertos en la Muela de Alarilla, y otra media docena en La Merced-Muela de Taracena, que han sido fechados hacia el año 72 antes de Cristo y cuyas leyendas aluden a Sertorio, hecho que nos indica claramente que el «hábito epigráfico», es decir, la costumbre de recurrir a la escritura en las diversas actividades cotidianos, era más amplia y más común de lo que se pensaba.

De ahí ese interés al que me he referido, pues no estamos solamente ante conjuntos epigráficos de tipo funerario que aparecen localizados en determinados lugares, sino que su dispersión es más amplia y abarca el total provincial, aunque en ocasiones interese individualizar esa difusión, como ocurre con las del valle del Tajo, cuyos primeros hallazgos, en la ciudad romana de Ercávica, estaban condicionados al área de Sacedón. Dispersión epigráfica que se ha perfilado con mayor detalle también en el valle del Henares, gracias a la existencia de una de las ciudades que tuvo rango municipal en época romana como era Segontia.

Otro gran mérito del libro de Emilio Gamo es el aporte de un elevado número de testimonios acerca de las «organizaciones suprafamiliares», estructuras sociales indígenas que llegaron a perdurar durante la ocupación romana y sobre las que presenta testimonios novedosos que vienen a reforzar el concepto de celtiberismo en la mitad oriental de lo que hoy es la provincia de Guadalajara.

Piezas, en fin, que van desde las que utilizan el soporte de la piedra arenisca y caliza principalmente, pasando por las mencionadas vasijas cerámicas y hasta los metales como los ya citados «glandes» de plomo y el bronce, que también aparece representado en la matriz de un sello de alfarero encontrado en Aguilar de Anguita, pieza de cierta rareza, dado que, por lo general este tipo de objetos suele aparecer con mayor frecuencia en el sur peninsular y en la costa mediterránea.


También incluye el libro de Gamo Pazos una serie de ocho inscripciones consideradas como falsas, apócrifas o simplemente dudosas, entre ellas las tres ya «clásicas» que se supone o suponía encastadas entre los sillares de la desaparecida «Torre del Puente» (el puente sobre el Henares que hoy llamamos «musulmán»), la «Puerta de Alvar Fáñez» y la «Casa de Don Jacinto Dáñez [Oñez] de la Torre».


El libro se completa con una serie de conclusiones generales en las que su autor alude a la dispersión geográfica de las inscripciones que abarca casi la totalidad de la geografía provincial, aunque se constata una llamativa falta de las mismas en las serranías del noroeste, contrariamente a lo que sucede en los alrededores de las principales vías de comunicación romanas: la de Emerita-Caesaraugusta y la de Segontia-Ercavica-Segobriga, que fueron utilizadas en un periodo cronológico que va desde el siglo I antes de Cristo hasta el III después, predominando las fechadas en los dos primeros siglos de la Era. Tipos de escritura, decoraciones, formas religiosas contenidas en los documentos: D.M. ó D.M.S. («A los Dioses Manes» ó «A los Sacros Dioses Manes»), en alusión a los dioses de los antepasados, y también en la forma de acercarse a la tierra: H.S.E.S.T.T.L. («Aquí está enterrado... Séate la tierra leve»).

Sigue una serie de agradecimientos y una extensa bibliografía, muy actual, cosa lógica si consideramos que el presente libro constituye una mínima parte de la tesis de doctorado de su autor.

De gran utilidad, especialmente para el investigador, son los capítulos finales, destinados al índice onomástico general, nombres propios, gentilicios, nombres griegos y cognombres romanos, a la onomástica incierta, nombres y epítetos de emperadores, nombres geográficos y de las gentes y los pueblos, ciudades, vici, pagos y demás, y emparentados con la vida sacra y religiosa: nombres de dioses y héroes, sus epítetos, etcétera.

Otro índice más, en esta ocasión de correspondencias, junto a una serie de mapas y las notas al texto completan al libro.

Un libro, en definitiva, que ha sido escrito con gran rigor científico y que viene a cubrir esa falta que existía respecto a estos sencillos monumentos epigráficos que no solo conviene conservar en los museos, sino también darlos a conocer -mediante libros como el presente- tanto al amplio mundo de los especialistas, como al hombre de la calle, que así comprenderá mejor a las gentes que poblaron estas tierras hace ya dos mil años.