Fueros de Guadalajara

De Enciclopedia de Guadalajara
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Artículo de Plácido Ballesteros San José, bajo licencia CC By-sa petit.png

Un «fuero» es una recopilación de leyes, derechos y privilegios de una población o un territorio. Se emplea el término, especialmente, para denominar las primeras leyes que rigieron en las ciudades y villas en la Edad Media, otorgadas por sus reyes o señores. Este artículo resume los contenidos principales de los fueros otorgados a Guadalajara en 1133, por Alfonso VII, y en 1219, por Fernando III.

Marco histórico

Los continuos ataques almorávides de las primeras décadas del siglo XII retrasaron y condicionaron la acción repobladora castellana del antiguo reino de Toledo, conquistado por Alfonso VI en 1085. Lo prioritario entonces era la defensa militar del nuevo territorio, que fue incorporado a la corona castellano-leonesa siguiendo el modelo tradicional basado en la creación de grandes Comunidades de Villa y Tierra. El nuevo reino quedó dividido en jurisdicciones territoriales que dependían de una ciudad o villa desde la que se organizaba su gobierno, defensa y administración.

La extensión de los alfoces («alfoz» designa el término perteneciente a una villa o ciudad), dependió de las necesidades estratégicas de cada comarca. En líneas generales, Alfonso VI siguió la norma de conservar para las ciudades y castillos los mismos términos que habían tenido con anterioridad en época musulmana. A pesar de que no se conservan los documentos de estas primeras concesiones, otros testimonios próximos evidencian (además de en Toledo, ciudad sobre la que no falta un cierto número de documentos originales) la intervención del rey don Alfonso en Talavera, Maqueda, Alamín, valle medio del Guadarrama, Madrid, Talamanca, Uceda, Guadalajara, Hita, Cogolludo, Atienza y Medinaceli. Es decir, las cabezas de territorio de aquellos puntos que por su situación era imprescindible consolidar para asegurar la defensa del reino.

Si a los ataques almorávides les sumamos las dificultades que surgieron en el reino castellano leonés a la muerte de Alfonso VI, que siguieron al temprano fracaso del matrimonio de su hija la reina doña Urraca con el rey de Aragón Alfonso I, celebrado en septiembre de 1109, con enfrentamientos entre los partidarios de uno y otro cónyuge, se comprende que los datos que tenemos sobre la frontera entre cristianos y musulmanes en los años siguientes se refieran casi en exclusiva a acciones militares, siendo muy escasos los que reflejan directamente acciones repobladoras. Éstas no llegarían de forma generalizada hasta la firma de la paz de Támara en 1127, tras la muerte de la reina Urraca, entre el monarca aragonés y su hijastro, el heredero castellano leonés, Alfonso VII.

En concreto, sobre Guadalajara, además de tener probada alguna estancia de Alfonso VI en la ciudad, como la de 1098, en la que realizó ciertas concesiones al monasterio de Silos, de aquellas primeras décadas posteriores a su conquista se sabe que fue necesario delimitar su término con Zorita y Almoguera en 1124, posiblemente debido a lo poco poblado que estaba todo aquel sector tras los ataques almorávides, que habían controlado la vecina Alcalá hasta 1118. En el documento de referencia, los testigos que realizan la división entre las jurisdicciones indican que los términos quedaban fijados según eran en tiempos de Alvar Fáñez, muerto en 1114, que había sido el tenente de aquellos territorios desde su conquista.

Fuero de 1133

En estas circunstancias, Alfonso VII, para favorecer el desarrollo de la ciudad y su tierra, concedió fuero a Guadalajara, el 3 de mayo de 1133. Del análisis de su texto se desprende que la medida buscaba atraer nuevos pobladores a la comarca, pues tras asegurar casas y heredades a los que ya eran pobladores de la villa y sus aldeas, se daban especiales ventajas a los que vinieran a repoblar la localidad desde Castilla, León, Galicia y otras partes, limitando sólo a un año el tiempo de residencia de los nuevos vecinos para poder vender sus heredades.

No sólo la estancia exigida en la población para disponer de los bienes recibidos era más corta que en otros lugares, sino que se permitía a caballeros y peones conservar las propiedades en caso de ausencia si dejasen en su puesto a quienes prestasen por ellos el servicio militar. No faltaban tampoco disposiciones referidas a la exención del pago de determinados impuestos como el portazgo y el montazgo y otras de fomento del comercio. Así como las que regulaban la situación de los mozárabes, mudéjares y judíos en condiciones también favorables.

Estas medidas pronto dieron sus frutos y Guadalajara se fue convirtiendo a lo largo de la segunda mitad del siglo XII en una de las principales ciudades del reino. Su caserío aparece organizado en casi una docena de barrios o «collaciones», número parecido al de Madrid o Talavera, correspondiendo los nombres asignados a sus parroquias al uso de la primera etapa de repoblación castellana: Santa María, San Julián, Santiago, San Andrés, San Miguel, San Ginés, San Esteban, San Nicolás o San Bartolomé.

El fuero de 1133 fijaba también definitivamente los límites del alfoz dependiente de la ciudad. Era un amplio término que superaba los 1.000 kilómetros cuadrados en los que, junto a las pocas aldeas ya existentes, cuyos nombre son de ascendencia antigua (Taracena, Camarena, Lupiana, Loranca, Iriepal, Irueste) o de origen árabe (Alcolea, Alovera, Azuqueca, Benalaque, Albolleque), se documentan casi medio centenar de nuevos asentamientos que fueron surgiendo en el proceso repoblador a lo largo de la segunda mitad del siglo XII y primeras décadas del XIII, por lo que son designados en romance, en buena parte de pleno castellano (Fuentelviejo, Valdeflores, Valdeavellano, Valfermoso, Fresno, Tomellosa, La Celada, etc.).

Sobre la cuestión de los límites del término de Guadalajara ha tratado Salvador Cortés en el artículo que citamos en la bibliografía.

Fuero de 1219

El desarrollo de Guadalajara y su término hizo necesario que en dos generaciones, el rey Fernando III tuviera que conceder un nuevo fuero, dado en Toledo, el 26 de mayo de 1219, bastante más extenso que el primitivo, acomodando sus disposiciones a las nuevas circunstancias. Frente a los reclamos ventajosos para atraer nuevos vecinos recogidos en el texto de 1133, que como se ha dicho tenía como principal función potenciar la repoblación de la ciudad y su tierra, las nuevas disposiciones estaban encaminadas fundamentalmente a organizar de forma clara la convivencia entre los vecinos de la ya populosa ciudad.

En este sentido aunque el texto de este «fuero largo» no es sistemático y aparecen en él entremezcladas disposiciones referentes a diversos asuntos, como suele ser habitual en la mayoría de los fueros medievales, son varias las cuestiones dignas de destacar, que resumimos en los apartados siguientes.

Organización municipal

En primer lugar podemos identificar un pequeño número de artículos que regulan de forma breve y a veces indirectamente todo lo relativo a los principales cargos públicos municipales (juez, alcaldes, jurados, andadores y almotacén), destacando entre estas disposiciones dos prohibiciones: la de comprar las alcaldías so pena de no poder desempeñar nunca más oficio público alguno y que al infractor se le derribase la casa, y la de portar armas en las reuniones del Concejo.

Administración de Justicia

El número más alto de artículos referidos a un mismo asunto, más de cuarenta sobre un total de ciento quince, se refieren a la regulación del procedimiento judicial: la forma de realizar las denuncias, la averiguación de los delitos, las garantías judiciales, la forma de asegurar las prendas, de cobrar las multas, el destino y el reparto de las mismas, etc.

Muy numeroso es también el número de disposiciones dedicado a definir los delitos más frecuentes y sus penas correspondientes, regulando desde los más graves como el asesinato, la violación o los grandes robos, hasta las cuestiones más livianas como los daños corporales en riñas o los insultos. Sumados éstos con los que codifican las faltas relacionadas con el derecho civil, como los daños en las propiedades ajenas y otros, suman más de treinta.

Exenciones fiscales

De los restantes no podemos dejar de destacar los que establecen las exenciones tributarias y otras ventajas económicas, que presentan importantes diferencias con lo reglamentado antiguamente en 1133. Si bien se sigue contemplando la exención total del montazgo para el ganado, las ventajas para los nuevos pobladores quedan ahora reducidas a que no paguen impuestos sólo durante el primer año; la misma medida se ofrece a los que adquirieran la categoría de vecinos a través de su primer matrimonio.

Estructura social

Como quiera que la frontera quedaba ya más lejana, las ventajas generales asociadas al servicio militar como la exención total de cualquier tipo de impuestos se reservan en el nuevo fuero sólo para el grupo más privilegiado de la población: los caballeros que mantuviesen caballo de guerra y armas de cierta calidad, medios efectivos que aseguran que el beneficiario podría acudir a incorporarse al ejército real allá donde fuese necesario una vez al año. Medida que es complementada con la posibilidad de que a la muerte del caballero dichos medios fueran heredados por el mayor de los hijos vivos, lo que contribuyó en gran medida a la consolidación de esta casta de guerreros ciudadanos sobre el conjunto de los vecinos de la ciudad.

Dado que los clérigos de la ciudad fueron eximidos también totalmente del pago de cualquier contribución, para evitar que demasiados bienes raíces quedaran libres de pechar, se prohibió que cualquier vecino vendiera sus tierras o casas a hombres de orden. En los testamentos sólo se podía dejar a la Iglesia bienes muebles.

Vida económica

Completan aún el texto otorgado por Fernando III un pequeño número de artículos destinados a fomentar el desarrollo económico de la población. Son medidas que atañen, tanto a la agricultura y a la ganadería como al comercio. Por un lado, en algunos artículos se dispone una especial protección sobre los campos cultivados, con penas severas para quienes entraran en tierras de labor o en huertos con los ganados; mientras que en otros se reservan las dehesas existentes en la jurisdicción de la ciudad sólo para el ganado de los vecinos de la propia ciudad y sus aldeas. Además se buscó potenciar el mercando por dos vías: prohibiendo la venta de productos en casas particulares y regulando con cierto detenimiento algunas cuestiones referentes a las pesas y medidas.

Referencias

  • Cortés Campoamor, Salvador. «El problema de los límites de la comunidad de Villa y Tierra de Guadalajara: notas en torno a la toponimia del Fuero de Alfonso VII». En: Wad-al-Hayara: Revista de estudios de Guadalajara, n.12., 1985, p. 81- 86.
  • Díaz González, Francisco Javier. «La guerra en los fueros de la provincia de Guadalajara». En: Wad-al-Hayara, 2003, n. 30, p. 43-62.
  • Fernández Serrano, Tomás. «Relación de fueros y cartas pueblas de la provincia de Guadalajara». En: Wad-al-Hayara, n. 2, 1975, p. 51-55.
  • Fueros de Guadalajara. Guadalajara : Ayuntamiento, 1996.
  • Martín Prieto, Pablo. «El derecho castellano en sus textos : los fueros de Guadalajara». En: Anuario de Historia del Derecho Español, tomo LXXVIII-LXXIX, 2008-2009, p. 140-213.
  • Martín Prieto, Pablo. Fueros de Guadalajara. Guadalajara : Diputación Provincial, 2010.
  • Ubierna Eusa, José A. Estudio jurídico de los fueros municipales de la provincia de Guadalajara. Guadalajara : Casa de Expósitos, 1917.

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