Eyré y Vázquez

De Enciclopedia de Guadalajara
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Artículo de Pedro José Pradillo y Esteban, bajo licencia CC By-sa petit.png
El comandante de Ingenieros Porras (c. 1865).
Reverso de una «Carte de visite» (c. 1864-1867).
Retrato de un caballero (c. 1865).
Nuestra Señora de la Soledad(c. 1860).

El estudio fotográfico de Francisco Eyré y Vicente Vázquez : 1864-1867

Los comienzos de la fotografía en Guadalajara se remontan a los años centrales del siglo XIX, concretamente a 1845 cuando el daguerrotipista Eduardo de León se instaló temporalmente en la Fonda de las Jerónimas para realizar retratos e impartir clases del nuevo oficio a quien gustase de tomarlas por la módica cuantía de 20 duros.

Después, pasaron por aquí otros pioneros como Ramón Sáez, Charles Clifford, Jean Laurent, Casiano Alguacil o Amador Cuesta, para realizar reportajes de los monumentos e infraestructuras de la ciudad o, simplemente, para retratar a sus gentes.

Por las monografías publicadas hasta el momento, sabemos que los primeros aventureros en abrir un gabinete permanente en Guadalajara fueron Francisco de Eyré y Vicente Vázquez, iniciando una singladura que sería continuada por el activísimo Florencio Navarro.

Un gabinete en la calle Mayor

Ese primer estudio fotográfico en Guadalajara se instaló, según documentara Luis Alberto Cabrera, en el número 44 de la calle Mayor; probablemente, en la planta alta de una de las fincas inmediatas a la Puerta de Santo Domingo.

Sus responsables directos fueron: Francisco de Eyré, empleado en la delegación del Ministerio de Fomento en Guadalajara, y Vicente Vázquez, un joven alcarreño que apenas contaba con 17 años de edad en aquel momento. Ambos, bajo la firma «Eyré y Vázquez», dieron servicio a los vecinos de Guadalajara entre 1864 y 1867. Después, y al menos hasta 1870, el gabinete quedaría bajo la dirección y responsabilidad exclusiva de Vicente Vázquez.

No obstante, frente a esta información, podemos sostener que el discurrir de esos acontecimientos pudo responder a otra realidad más rica y fructífera, en la que participaron otras personas y en la que hubo otros tiempos.

Esta nueva lectura se sustenta en la discreta colección de retratos que hemos tenido la oportunidad de reunir firmados por estos señores, conjunta e indistintamente. En las cartulinas que soportan las albúminas, según los casos, podemos leer: «Eyré y Vázquez», «F. de Eyré», y «Vicente Vázquez»; pero también otras con el nombre «J. de Eyré», fotógrafo al que todavía habrá que identificar. Esta disparidad nos permite creer que Francisco de Eyré, al igual que Vicente Vázquez, tuvo su trayectoria individual; y que estos socios, por algún tiempo, tuvieron a un competidor, antes o después de su proyecto, en la aventura de la fotografía de estudio.

Ingenieros, damas y caballeros

Hasta el momento han sido muy pocas las imágenes que hemos podido contemplar, cerca de una treintena, realizadas en el laboratorio de Eyré y Vázquez; en su mayor número se trata de retratos de militares y vecinos de la capital en el formato de «Carte de visite». Esta modalidad presentaba una fotografía obtenida a partir de un negativo al colodión húmedo mediante una cámara especial de cuatro lentes con la que se realizaban otras tantas exposiciones simultáneas de unos 6 por 10 centímetros; luego montadas sobre un cartón en el que previamente, y al dorso, se habían impreso los datos del fotógrafo y su gabinete. Este revolucionario y democratizador formato fue inventado en 1854 por el francés André-Adolphe Eugène Disdéri, tomando el nombre de «Carte de visite» por la similitud que presentaba en su tamaño con las populares cartulinas que utilizaban las damas y caballeros de la época para facilitar sus datos personales, nombre y dirección, y transmitir breves mensajes a terceras personas.

Los retratos de Eyré y Vázquez que hemos localizado presentan dos modalidades: una, en la que el protagonista aparece en pie, de frente al espectador, con el torso visible hasta la altura de las rodillas y ligeramente rotado, con la mano derecha apoyada sobre un mueble de respeto, bien en el respaldo de una silla, en una mesa, o en una balaustrada. Y otra, en la que el personaje es retratado en primer plano, mostrando uno de sus perfiles, y sin ninguna referencia o recurso escenográfico. En esta última versión, a veces, el positivo antes de adherirse al cartón se ha recortado de forma ovalada.

También en aquella época y como táctica empresarial para la comercialización de fotografías se sentaron otros formatos de dimensiones fijas. Entonces, desde 1866 y por toda Europa, se sucedieron varios tipos de tamaño dispar como: el «Canibet», de 10 por 25 centímetros; el «Victoria», de 7’5 por 11 centímetros; el «Promenade», de 10 por 18 centímetros; el «Boudoir», de 12’4 por 19’3 centímetros; y el «Imperial», de 16’8 por 21’7 centímetros.

Precisamente se trata de un «Imperial» la magnífica fotografía realizada por Francisco de Eyré a la imagen de Nuestra Señora de la Soledad en el altar de su ermita del paseo de las Cruces; quizás, se trate de la una de las primeras albúminas que reproduzcan esa venerada talla del siglo XVI, desgraciadamente desaparecida en 1936.

Bibliografía

Cabrera Pérez, Luis Alberto. Guadalajara, el lápiz de la luz. [Toledo] : Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, Servicio de Publicaciones, [2000]

Pradillo y Esteban, Pedro José. Guadalajara : historia de la fotografía 1853-1956. Guadalajara : El Decano, 2005.