Díaz Ruiz, Susana (2011). La identidad urbana de Guadalajara

De Enciclopedia de Guadalajara
Saltar a: navegación, buscar
Artículo de José Ramón López de los Mozos, bajo licencia CC By-sa petit.png
Cubierta de la obra

Díaz Ruiz, Susana B. La identidad urbana de Guadalajara : Historia local de una ciudad en clave de memoria colectiva. Cuenca : Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha (Colección Almud, n.º 11), 2011, 322 p.

Reseña publicada en Nueva Alcarria, «Baúl de libros», 23 de marzo de 2012, p. 43.


Son pocos los libros que se escriben sobre Guadalajara cuyo recurso de investigación sean las fuentes orales; este que ahora comentamos es uno de ellos y, al tiempo, ha servido a su autora como tesis de doctorado sobre Sociología Urbana.

Lo que, quizás, pueda llamar la atención al lector sea eso de «la memoria colectiva», Para clarificar conceptos diremos que «es un grupo visto desde dentro», es decir, lo que los miembros que lo constituyen ven de sí mismos y de los demás miembros y que, por lo tanto, se contrapone al concepto de «memoria histórica», que sería la visión que tendría un observador externo al grupo.

Por eso es interesante constatar lo que alguien perteneciente a ese grupo o incardinado en él, piensa y dice, siempre -evidentemente- desde un punto de vista subjetivo, en primera persona, de los demás componentes del grupo o del grupo en su totalidad, de manera que el estudio de esa memoria colectiva gira en torno a su carácter patrimonial y a su conformación social, producto de la convivencia cotidiana. Es decir a todo eso que constituye lo que podríamos denominar como la minicosmovisión que el grupo ha de desarrollar a través de sus significados y valores, normas y costumbres, en los que también existen gradaciones y marcos distintos como pueden ser la familia, la religión o la clase social.

Además, junto a esta memoria colectiva es necesario utilizar otras herramientas que permitan seguir el recorrido histórico de la ciudad, es decir, los sucesivos cambios que ésta ha ido sufriendo con el paso del tiempo y, también, los cambios de sus habitantes. Este libro, pues, trata de aclararnos esos cambios sufridos en los modos de vida, en el significado de los espacios urbanos y en los hechos propios de cada contexto: fiestas, costumbres, lugares emblemáticos y usos sociales.

Los cincuenta

Para llevar a cabo este estudio en el tiempo, Susana B. Díaz analiza tres momentos seguidos, suficientemente amplios en la vida generacional: la Guadalajara de los años cincuenta: «una ciudad subequipada en industria, especializada en construcción y servicios y equilibrada en electricidad, gas y agua, comercio y transportes», una ciudad de interior que va sobreviviendo sin cambios notables, a casi cincuenta kilómetros de Madrid y con una población estancada, lo que entonces, exteriormente, se conocía como una «agrociudad», es decir, aquella ciudad cuyo carácter urbano se veía difuminado por la presencia de elementos propios del campo: tierras de labor, huertas, vaquerías, animales o carros tirados por mulas, que podían verse a diario en sus calles; elementos éstos a los que había que añadir otros propios de su capitalidad de provincia: edificios públicos y organismos oficiales.

Pues bien, este periodo lo analiza a través de la morfología simbólica del espacio urbano, especialmente del centro (la calle Mayor) y de los barrios (San Roque, el Alamín, Budierca, la agrupación de casas de Manolito Taberné, Cacharrerías -Parque Móvil-, Cerro del Pimiento y la Estación, principalmente), de lo que entonces era considerado como «lo tradicional» y «lo moderno», además de los recuerdos y vivencias de la «juventud de los mayores».

No hay que olvidar que Guadalajara había salido de una guerra que se dejó notar con mayor profundidad que en otras provincias. Resultado de ello era una Guadalajara en la que la vida era dura y todos se conocían y cuya diversión principal consistía en el paseo («calle Mayor arriba, calle Mayor abajo») y el alterne, puesto que la «vida social» se limitaba a unas cuantas familias acomodadas. Vida social que queda también a la vista a través del comercio, el cine y el teatro y en la que no había más remedio que cumplir unas normas sociales que contribuyesen a lograr y mantener una buena reputación, cosa fundamental a la hora del noviazgo.

Una Guadalajara donde las clases sociales estaban perfectamente definidas y «los ricos eran ricos y los pobres eran pobres».

Memoria de los cambios

El estudio se amplía a los años sesenta y setenta, cuando empiezan a notarse los primeros cambios con la llegada de la industria como resultado del reconocimiento de Guadalajara como polígono de descongestión de Madrid. Aquí se dan tres puntos de vista distintos: la ciudad vista desde el campo (testimonios de inmigrantes), la ciudad evocada (el recuerdo de la infancia y adolescencia de los entonces adultos) y la ciudad vista por sus habitantes, además de tenerse en cuenta otros aspectos como las nuevas condiciones de vida, las salidas al centro (desde el barrio), las estrategias de búsqueda de privacidad (guateques y buhardillas), además de nuevos locales de alterne como pubes y discotecas y, algo muy interesante, las diferencias de clase, generalmente heredadas y que pueden resumirse en aquello de «De Guadalajara de toda la vida».

Datos que se amplían más aún con otros acerca de la Guadalajara de los ochenta: con el nacimiento de un nuevo contexto de ciudad, con cómo veían los jóvenes la ciudad en su infancia a través de sus propias vivencias, la percepción de las diferencias sociales y sus etapas vitales, que terminan en la actualidad y con datos de la valoración estadística de los cambios que introdujo la industrialización, las críticas (entre ellas la más extendida de la «tradicional» dependencia de Madrid)... el desplazamiento del centro urbano, el crecimiento demográfico, los cambios convivenciales y las diferencias sociales («ahora todo se ha igualado mas»).

Pero frente a todo lo anterior ha surgido una problemática urbana, que según sus habitantes, tiene dos aspectos contrapuestos: uno positivo, consistente en la tranquilidad y la calidad de vida, en que la ciudad constituye un mundo propio y en la cercanía a Madrid, y otro negativo, que es aquello que se perdió frente a lo que permanece, la gente que se conocía, el urbanismo, la pérdida de la identidad colectiva, y también lo que significa la existencia de la Casa de Guadalajara en Madrid («Guadalajara, puerta de Madrid») y lo que Guadalajara representa en el contexto castellano-manchego.

Finaliza el libro con una serie de conclusiones que podríamos resumir en el siguiente párrafo:

«En el caso de los habitantes de Guadalajara, la significación particular que adquiere ésta como ciudad en la que se vive, se concreta a partir de las vivencias que en ella han tenido lugar. En este sentido, para todas las generaciones Guadalajara es la ciudad en la que se arraigan sus lazos y relaciones, su familia y amigos, sus buenos y malos recuerdos y el escenario, físico y humano, en el que ha transcurrido la vida. Los siguientes testimonios de cada una de las generaciones diferenciadas en esta investigación permiten ver el significado que adquiere para ellos la ciudad como mundo propio”.

Un capítulo final se dedica a Guadalajara entre la planificación y la realidad, en el que se recogen algunas muestras del pensamiento de los políticos y de los periodistas, que junto a sus habitantes

«obvian la Guadalajara real y concreta en la que viven y han vivido y en la que residen los sentimientos de arraigo e identidad que tienen respecto a ella. En cambio en sus discursos, alimentan la visión de una ciudad en la que nunca pasa nada y no hay mucho que ver. Por eso la solución de los problemas identitarios de la ciudad compete a todos los actores que viven en ella aunque sus implicaciones y responsabilidades sean distintas».

Una amplia bibliografía, con buena representación de la prensa local, cierra el libro.

En fin, una buena aportación al conocimiento de la historia local de la Guadalajara más reciente, recogida directamente de las tres generaciones que hoy conviven, a través de sus recuerdos y vivencias, sobre su pasado y su presente y que de este modo pasan a constituirse en «memoria colectiva» que compartir -unos como antepasados y otros como herederos- y en la que la ciudad se ha convertido ya en patrimonio y seña de identidad de sus propios habitantes, tanto para lo bueno como para lo malo (querencias y críticas), como mundo propio que es.