Convento de San Francisco

De Enciclopedia de Guadalajara
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Artículo de Pedro Hosé Pradillo y Esteban, bajo licencia CC By-sa petit.png
Panteón de los Mendoza (Foto J. ropero.

Según los primeros historiadores de Guadalajara –Medina y Mendoza, Pecha, Torres y Núñez de Castro–, el monasterio de San Francisco tuvo una primera etapa como casa de templarios gracias al empeño de la reina doña Berenguela hasta la supresión de esa orden por el pontífice Clemente V. Para después, en el primer tercio del siglo XIV, pasar a la órbita de los franciscanos por iniciativa de la infanta Isabel de Castilla, primogénita de Sancho IV y María de Molina.

Posteriormente, en 1395, aquella casa conventual sería arrasada por un incendio; aunque, para entonces, los Mendoza ya se habían hecho cargo del patronato de su capilla mayor y pudo reconstruirse con los dineros aportados por el almirante Pedro Hurtado de Mendoza. Desde ese momento, se trazó una línea de mecenazgo en la que fueron decisivas las aportaciones suntuarias y económicas del Marqués de Santillana y de don Pedro González de Mendoza.

Fue este último, ‘Gran Cardenal de España’, el responsable de la conclusión de las obras del templo a finales del siglo XV, y de la financiación y colocación del retablo mayor. La iglesia, aun hoy en pie, es de traza gótica –atribuible al arquitecto Juan Guas–, con una sola nave de seis tramos y capillas laterales entre los contrafuertes. Sin embargo, la sencillez de esta composición no le impiden alcanzar unas dimensiones espaciales notables; convirtiéndola en el templo histórico más capaz de la ciudad.

Quizás fueron de aquel retablo las denominadas ‘Tablas de San Ginés’, un conjunto de pinturas al óleo ejecutado por el Maestro de los Luna que, desde hace setenta y cinco años, se conserva en el Ayuntamiento. La pieza más representativa de esta colección es el retrato de don Pedro en oración acompañado de otros obispos.

Un siglo más tarde, esta labor de mecenazgo sería continuada y completada por la VI duquesa del Infantado. A doña Ana de Mendoza le correspondió, durante las primeras décadas del siglo XVII, la responsabilidad de afrontar el proyecto de construcción del claustro hoy conservado; y, en la iglesia, de un panteón subterráneo y de un nuevo retablo mayor, una tramoya barroca de elementos móviles desaparecida, trazados por el arquitecto fray Francisco Mir. Aquella cripta, construida entre 1628 y 1633, sería totalmente renovada por orden del X duque del Infantado.

El panteón de los duques del Infantado

En 1696 dieron comienzo las obras del mausoleo mendocino por encargo de don Juan de Dios de Mendoza y Silva, y según las trazas arquitectónicas dadas por Felipe Sánchez; quien diseñó una cripta y capilla inspiradas en el Panteón de los Reyes de El Escorial de Juan Bautista Crescenzi.

Para abordar esta nueva construcción se desmanteló el panteón preexistente bajo el presbiterio, se desplegó una nueva escalera de acceso y se abrieron huecos que iluminaran las estancias; como el gran ventanal que, semioculto, ornamenta el muro exterior de la cabecera del templo y da luz a la capilla funeraria.

Felipe Sánchez, planteó un ejercicio barroco tanto en su composición como en su materialización. De una parte, la sala del panteón se resolvió con una planta elipsoidal, con ocho pilastras que sirven de apoyo a los arcos que vertebran la cúpula rebajada que cubre la estancia, en clara referencia al mausoleo escurialense pero también a la iglesia berniniana de San Andrea al Quirinale de Roma. Los nichos para los sarcófagos se emplazan en cada uno de los intercolumnios, ocupando en orden vertical todo el paño, a excepción del hueco de entrada al panteón y del gran vano de comunicación con la capilla aneja.

De otra parte, todos los paramentos, pavimentos y bóvedas están tapizados con placas de mármoles negros y rosas de muy poca sección para componer un juego cromático alternativo y crear plafones de traza geométrica. El aparato ornamental se completa con ménsulas y roleos de alabastro dorados, especialmente en las cornisas y en los lunetos de las cúpulas. Precisamente la fragilidad de los jaspes y los yesos empleados han generado problemas de conservación que, agudizados por la alta humedad que afecta a la cripta, otorgan al monumento el carácter artificioso y banal más característico del barroco efímero.

Las corrientes de agua subterránea que discurren bajo la iglesia conventual fueron uno de los principales escollos con que se encontró Felipe de la Peña, maestro de obras que abordó la construcción del panteón. Al final, el nivel de la capa freática fue determinante para el desarrollo del proyecto; tal es así, que la rasante del presbiterio tuvo que elevarse notoriamente sobre el suelo del templo para poder albergar la cripta y modificarse el muro testero de la capilla mayor para dejar al descubierto la linterna de la bóveda de la capilla subterránea.

En 1808, tras la invasión del Ejército Imperial de Napoleón, San Francisco se convirtió para las fuerzas ocupantes en el centro militar estratégico de Guadalajara. Es en esos años cuando el panteón es víctima de la barbarie y cuando se profanan los marmóreos sarcófagos de grácil belleza.

Después de aquel primer episodio castrense, el viejo convento vivirá una larga historia militar que se dilatará hasta el año 2000. Durante todo este tiempo, las autoridades del Ejército se ocuparon de mantener este monumento, aunque sin afrontar la muy difícil y costosa restauración del mausoleo mendocino.

Finalmente, y gracias al empeño del Ayuntamiento y de las aportaciones económicas del ‘Uno por ciento cultural’ que gestionan la administración estatal y regional podemos ofrecer al público esta maravillosa obra de arte patrimonio de todos.

Bibliografía

  • Bonilla Almendros, Víctor (1999). El Monasterio de San Francisco en Guadalajara. Guadalajara : Ayuntamiento de Guadalajara.