Campos Pallarés, Lilian (2011). Luis de Lucena

De Enciclopedia de Guadalajara
Saltar a: navegación, buscar
Artículo de José Ramón López de los Mozos, bajo licencia CC By-sa petit.png
Cubierta del libro

Campos Pallarés, Liliana. Luis de Lucena humanista y médico de Julio III : a propósito de su testamento. Guadalajara : Aache Ediciones, 2011, 128 pp. (Claves de Historia, 3).

Reseña publicada en Nueva Alcarria, «Baúl de libros», 25 de noviembre de 2011, p. 31.


Don Juan Catalina García López, en su magna Biblioteca de escritores de la provincia de Guadalajara y bibliografía de la misma hasta el siglo XIX (Madrid, 1899), dedica un puñado de páginas de apretada letra a Luis de Lucena (CXXXII, páginas 282 a 292), quizá por tratarse de uno de los personajes más atractivos, por poco conocido, de cuantos forman parte de la Historia pretérita de Guadalajara. Estas diez páginas de nuestro primer Cronista Provincial incluyen las «Cláusulas del testamento del Dr. Luis de Lucena relativas á la fundacion de una librería pública de Guadalajara» (sic), advirtiendo en nota, que se trata de una copia existente entonces en la Delegación de Hacienda, mal hecha, «por lo que es sensible que no conozcamos el original para corregir bastantes defectos de la transcripción...», opinión que no comparte la joven autora del libro que comentamos y descubridora del documento que le sirve de base, que no es otro que el testamento original, que se custodia en la «II sezione» del Archivo Storico Capitolino de Roma (volumen VI), en el que se conservan 112 tomos con actos y minutas de actos, llevados a cabo por notarios extranjeros durante los siglos XVI y XVII, que para validar su trabajo debían acudir al Collegio degli Scrittori della Romana Curia, entre los que se encuentran numerosos datos sobre españoles. Pocos más son los datos y escritos que se han producido sobre la figura del doctor Lucena. Además del ya mentado García López, otros investigadores como Herrera Casado, Muñoz Jiménez, Layna Serrano, Diges Antón y Sagredo Martín y quien esto escribe, entre los de la tierra o con ella relacionados, y otros como Llaguno y Amírola, Juan Ginés de Sepúlveda, Andrés de Uztarroz y Dormer, Calì, o Bataillon, que quizá hubiese sido conveniente recoger en una, siempre necesaria, bibliografía final, a pesar de figurar en las notas que acompañan, a pie de página, al texto de la primera parte.

Biografía de Luis de Lucena

Tras los primeros datos, que sirven al lector para ubicar al personaje, el libro da paso a una interesante serie de «Apuntes biográficos», basados principalmente en los datos que contiene el testamento y que constituye la segunda parte y la más extensa del libro.

Sabemos por el epitafio de la tumba de Lucena que murió a los 61 años de edad, por lo que nació en 1491 (a pesar de que más adelante se apuntan 62), aunque se desconoce la fecha exacta. Su madre fue Guiomar de Lucena, pero de su padre nada se sabe, puesto que no aparece citado en el testamento, excepto su patronímico: Núñez, ya que según puede leerse en él: «ningunos parientes de presente tengo (...) mas çercanos de parte de mi padre que el dicho Rodrigo Núñez y sus hermanos», lo que conduce a pensar que quizá se tratase de un hijo ilegítimo. Por línea paterna se tienen noticias de un sobrino llamado Antonio, al parecer canónigo y cura de Torrejón del Rey y las Camarmas, primer patrono de la capilla de Nuestra Señora de los Ángeles, que tal era la advocación de la librería que Lucena dotó.

Hay también dos personas allegadas a las que nombra «hermanas»: Beatriz y Guiomar de Lucena, siendo ésta la menor, muerta en la niñez, y a las que, junto a su madre, debió profesar un gran cariño; además de otros Núñez o Núñez de Uclés, posiblemente sobrinos, pues su fecha de fallecimiento sobrepasa en varias décadas a la del doctor Lucena.

En cuanto a su profesión, son también escasos los datos que se conocen. Él mismo señala ser doctor en Artes y Medicina, sin que se sepa en qué universidad alcanzó dicho grado académico, aunque todo hace suponer que, por proximidad, fuera la de Alcalá de Henares, entonces en boga, en la que también estudió Juan Ginés de Sepúlveda, al que pudo conocer allí antes de coincidir con él en Roma, además de aludir a esta ciudad en varias ocasiones, especialmente al referirse a Beatriz de Burgos, criada de su madre, que ocupaba una casa adquirida por Lucena en dicha población o al indicar como han de ser los bancos de estudio de la biblioteca que pretende establecer en Guadalajara. Además de doctor en Artes y Medicina, Lucena se declara clérigo, indicando en su última voluntad que lo fue «de la dioçesis de Toledo» y que se digan nueve misas por su alma en las iglesias de Torrejón de Alcolea (hoy del Rey), Camarma de Yuso y de Suso y Pozuelo de Torres, donde cabe la posibilidad que hubiera ejercido de cura, cosa que no está todavía suficientemente probada.

Más claro parece ser que, tras doctorarse en Medicina, se trasladó a Tuolouse, donde trabajó y dio a la imprenta su único libro: De tuenda presertim a peste, integra valetudine, de eque hujus morbi remediis (1523), sobre la prevención y tratamiento contra la peste, que cita García López en su Biblioteca... ya citada, con el número 651 (páginas 290-291). De Francia regresó a España, donde vivió algún tiempo antes de emprender su marcha a Italia, desde donde -según se desprende de diversas cartas de pago-, debió volver a su tierra el alguna que otra ocasión, amén de las letras de Páez de Castro a Jerónimo de Zurita, cuyo postrer escrito hace pensar que Lucena había regresado a España a finales de 1549.

Su estancia en Roma no aclara la posible heterodoxia de los círculos intelectuales que allí frecuentaba. Se sabe que formó parte de la exquisita y poco ortodoxa Academia del arzobispo Colonna, preocupada por los estudios de Matemáticas y Arquitectura, a los que tan aficionado era Lucena, además de haber sido simpatizante con el círculo humanista de Viterbo, en el que destacaban los erasmistas Alfonso y Juan de Valdés, doctrina de la que también participaban otros muchos españoles residentes en Roma -lo que para ellos venía a ser un exilio, u «honesta libertas» (Sepúlveda dixit), que los alejaba de las garras de la Santa Inquisición- con los que Lucena mantenía contacto, como Miguel Donlope o Mateo Pascual, amistades en las que algunos han querido ver ciertas divergencias con la doctrina propagada por la Iglesia Católica.

El mismo M. Bataillon considera claro ejemplo de erasmismo el que Lucena prohibiera que en su biblioteca hubiese «libros de historias fingidas como son los de Amadis y de los pares de Françia y los semejantes», además de sus constantes menciones y referencias a Platón en su testamento, tales como la conveniencia de incluir «algun dialogo moral» entre las lecciones de Filosofía o cuando escribe que «contra el oluido que la edad particularmente en cada vno de los hombres suele acarrear, el remedio es, como Platon dize, la memoria de las escripturas».

Aparte de sus devaneos intelectuales, sabemos que ejerció como médico de reconocido prestigio, llegando a prestar sus servicios a requerimiento del Papa Julio III, lo que le granjeó el reconocimiento de la corte vaticana.

Poseyó libros de sabios tan importantes como Avicena Galeno y Rhazes, que dejó en herencia al anatomista Juan Valverde, así como otros escritos griegos que ordena se entreguen a algún sobrino de Antonio Núñez o al hijo de Rodrigo Núñez, que estudia medicina.

La capilla

Sin embargo, dos aspectos más sobresalieron en la obra de Lucena: la construcción de la capilla de Nuestra Señora de los Ángeles, -monumento funerario anejo a la iglesia de San Miguel del Monte, cuya construcción se inició en 1540, según parece desprenderse de la lectura de la cartela que, milagrosamente, aún se conserva- y la fundación de lo que pudo haber sido la primera biblioteca pública de España -que, desgraciadamente no llegó a establecerse.

Capilla que contrariamente a lo que pueda pensarse se construyó íntegramente según el estilo mudéjar, siendo desfigurada posteriormente, quizá en el momento en que hubo que adaptarla a esquemas renacentistas, más a la moda, a la hora de decorar sus bóvedas con pinturas al fresco de Romolo Cincinnati, en cuyo programa iconográfico nada tuvo que ver el propio Lucena, puesto que se llevaron a cabo a finales de siglo. Reforma que contravino lo establecido por el propio Lucena, que dispuso en su testamento que debía mantenerse «en el estado en el que quedare quando fuere acabada, añadiendo o mejorando poco más, sin que se mude ni crezca notablemente el ser en que quedare quando fuere acabada conforme a como agora esta començada» (lo que indica que Lucena no vio terminado su encargo).

La biblioteca

Posiblemente la parte más interesante del libro sea la correspondiente a la fundación de la biblioteca y a las normas que para su establecimiento y buen funcionamiento había determinado -aunque ya fuera publicada por García López- con el propósito de que pudiera beneficiarse de ella el mayor número de personas, para lo que, además, ordena que los libros que contenga estén escritos en lengua castellana, para su mejor comprensión y entendimiento. En realidad, nuestro humanista pensó en la creación de una «librería» cercana a la capìlla de Nuestra Señora de los Ángeles, por lo que es de suponer que la planta alta de lo que hoy llamamos «Capilla de Luis de Lucena» tendría un uso diferente al de la mera custodia de libros, ya que la mencionada librería nunca llegó a convertirse en realidad y puesto que, de lo contrario, hubieran dejado datos suficientes Diges Antón y Sagredo, quienes en su Biografía de hijos ilustres de la provincia de Guadalajara, escrita diez años antes de que García López diese a conocer el testamento, nada dicen de la biblioteca y mucho de la capilla, «que conocían de primera mano y de cuya historia y situación administrativa del momento estaban al tanto».

Tal vez la falta de medios económicos debida a la mala gestión de la familia Urbina, heredera y descendiente de Lucena, según Herrera Casado, hizo que el sueño de nuestro humanista quedara en el olvido.

El testamento

En la segunda parte del libro, que trata de los últimos días de Luis de Lucena y de su testamento, se analiza pormenorizadamente este documento, que consta de 64 mandas repartidas en 44 páginas escritas a dos caras, y que fue redactado en la casa que el humanista alcarreño poseía en la «strada» Leonina del barrio de Campo Marzio de Roma, fechado en 5 de agosto de 1552. Debió ser un documento iniciado con anterioridad, puesto que en las mandas primeras Lucena se dice «sano», mientras que en las finales señala más precipitadamente haber contraído enfermedad «de que está más çierta la muerte que la vida» y ordenando en la última «ser enterrado en la entrada de la iglesia del monasterio de Nuestra Señora del Popolo (…), poniendo ençima una piedra con un letrero que pareçiere a los ejecutores», lo que viene a indicar la proximidad de su muerte.

La autora del libro, Liliana Campos, ha dividido el testamento, motivo principal del libro que comentamos, en cinco apartados: el primero, que recoge las nueve primeras mandas, se refiere al enterramiento y los actos con él relacionados (misas, limosnas, etc.); el segundo, mandas 10 a 27, se refiere a su sucesor y heredero universal, así como a sus cometidos; el tercero, mandas 28 a 43, alude a la fundación de la biblioteca; el cuarto, hasta la manda 58, trata del acrecentamiento, inversión de rentas y nombramiento de cargos, y el quinto y último, interrumpido bruscamente, recoge las precauciones que el propio Lucena toma para la conservación de las disposiciones anteriores.

Sigue el apéndice documental, constituido por la trascripción del testamento (Archivio Storico Capitolino de Roma, Sección II, protocolo 6, pp. 381-425).

Por lo tanto estamos ante un libro que aporta numerosos e interesantes datos acerca de la vida y obra de Luis de Lucena y que atiende a corregir algunos otros que hasta ahora se tenían como ciertos, lo cual demuestra bien a las claras la perspicacia y el instinto investigador de su autora, y tiene, además, el valor añadido de ser el primer estudio que se ofrece acerca del testamento original completo en todas sus partes del humanista alcarreño, por lo que, de su lectura, han podido entresacarse numerosas noticias acerca de él, hasta el momento desconocidas, poco conocidas e incluso, erróneas, como queda dicho.

Constituye, al tiempo, este libro una interesante contribución al estudio de la historia de los españoles en Roma, tema en el que trabaja Liliana Campos en estos momentos y que, sin duda, algún que otro fruto maduro de tanto interés como el presente sobre otros humanistas alcarreños poco conocidos.

Es un libro que contribuye también a la mejor comprensión y conocimiento de la capilla de Nuestra Señora de los Ángeles -capilla de Luis de Lucena- a través de una muy completa selección de fotografías (planos, grabados, detalles constructivos, etc.) que acompañan al texto.

Un libro que hay que leer con todo detalle, por los numerosos valores que contiene, que ha sido seriamente escrito y que puede leer cualquier persona, dado que su lenguaje es fácilmente asequible para todos, constituyendo, al tiempo que una importante investigación, una obra de divulgación científica de gran mérito.

Otra buena idea de Aache Ediciones que, a través de su colección Claves de Historia, pone al alcance del interesado aspectos concretos del pasado de Guadalajara que, de otra forma serían inalcanzables.