Alcázar de los reyes cristianos

De Enciclopedia de Guadalajara
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Artículo de Pedro José Pradillo y Esteban, bajo licencia CC By-sa petit.png

El origen del Alcázar se remonta al siglo VIII; periodo en el que se construyen varias fortificaciones en los pasos naturales de la cuenca alta del Tajo, gestándose un sistema estratégico y defensivo en la Marca Media.

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Interior de la torre de entrada
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Torreón circular del Alcázar real

Como tal fortaleza, y dependiente del poder central, se mantendrá hasta finales del siglo XV. Después, tras varias décadas de abandono e utilidad marginal, sus instalaciones perderán el lustro de siglos pasados hasta que, a comienzos del siglo XVIII, sea demolido casi por completo para, sobre sus sólidos muros, adosar los pabellones de la Real Fábrica de Sarguetas de San Carlos.

Para sus primeros siete siglos de existencia podemos establecer tres etapas diferenciadas: Alcázar de los Omeya, del siglo VIII al XI; Alcázar de los Reyes Cristianos, del siglo XII al XIII; y Alcázar Real, del siglo XIV al XV, atendiendo al diseño, distribución y uso de sus dependencias y recintos fortificados.

De fortaleza andalusí a castellana

En el año 1085 Guadalajara pasó, como integrante de la taifa de Toledo, a formar parte del reino de Castilla. Su incorporación a los territorios de Alfonso VI fue pacífica; sin que se sucedieran maniobras militares, ni asedios bajo la amenaza de la incipiente artillería que pusieran en peligro o dañaran sus murallas y fortaleza.

En este contexto, debemos suponer que el Alcázar se mantendría intacto, acomodado y decorado al gusto y costumbres islámicas de sus anteriores moradores. Tan sólo los primeros ocupantes castellanos se ocuparían de alterar, por motivos de seguridad, la distribución de las vías de comunicación internas; y, por razones obvias, de trasmutar el oratorio musulmán con que contaba en templo cristiano. Quizás por ello, los cronistas del siglo XVII sitúan la fundación de la capilla de San Ildefonso en tiempos de Alfonso VI y le responsabilizan de su construcción. En cualquier caso, el Alcázar seguiría alternando sus funciones de defensa y acuartelamiento militar con las de residencia del Alcaide del Alcázar, cuando no, morada de la familia real castellana.

Según algunas crónicas andalusíes, aquel primitivo castillo de Guadalajara y sus murallas estaban construidos con sólidos mampuestos de piedra, afirmación puesta en duda por muchos investigadores y que nosotros no compartimos; de hecho, no dejan de ser elocuentes las noticias relativas a la resistencia que demostraron aquellos muros después de la reconquista. Por ejemplo, cabe citar lo relatado en la Crónica del Emperador Alfonso VII sobre la contraofensiva almorávide contra el reino de Toledo:

Entonces destruyó las murallas de Madrid, de Talavera, de Álamo, de Canales y de otras muchas ciudades, en castigo por sus pecados. E hizo un gran número de prisioneros, matanzas y botines. Pero las torres más fortificadas de las ciudades mencionadas, que en nuestra lengua se llaman alcázares, no fueron tomadas y en ellas permanecieron muchos cristianos supervivientes. Guadalajara y otras ciudades y castillos permanecieron indemnes y sus murallas no fueron derribadas…
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Es cierto, que las crónicas cristianas poco más señalan sobre el devenir del Alcázar, su utilidad, obras, sucesos, etc., desde entonces y hasta la programación de grandes eventos en tiempo de los primeros monarcas de la dinastía Trastámara. En cambio, este silencio se rompe con la narración de los cronistas de siglo XVII; por ejemplo, fray Hernando Pecha en su Historia de Guadalaxara se empeña, por ennoblecer a su ciudad natal, en hacer de la fortaleza la residencia habitual de monarcas y herederos de la corona castellana, incurriendo en los errores de los cronicones medievales. Por ejemplo, sobre Alfonso VIII, asegura:

Muerto su hijo mayor se vino a Guadalaxara, y vivió mucho tiempo en ella, y despachó la cruzada en Roma, y preparó aquí la guerra que tuvo contra los Moros, convocando los Reyes de Aragón y Navarra en su ayuda y de aquí partió a Toledo para ir a las Nabas de Tolosa como fue y vio y venció…
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No obstante, aquí pasaron alguna temporada la reina Berenguela, Fernando III –del que algún autor aseguró haber nacido en el Alcázar alcarreño–, Sancho IV, Alfonso XI, y las infantas Berenguela de Castilla –hija de Alfonso X– e Isabel de Castilla –primogénita de Sancho IV y María de Molina–, ambas señoras de Guadalajara.

De entre todos ellos destacó la figura de la infanta Isabel (1283-1328), quien emprendió una labor arquitectónica sin precedentes promoviendo la reconstrucción y fundación de cuatro conventos, los masculinos de San Antolín y San Francisco, y los femeninos de Santa Clara y San Bernardo; amparando algunas reformas urbanísticas, como el levantamiento del "Puente de las Infantas" delante de la Puerta del Postigo o la renovación de la muralla de la población; como quizás, también, planificando la renovación del viejo Alcázar de los Omeya. Es evidente que no podemos responsabilizar a la infanta de toda esta labor, que sería aprobada y dirigida por sus progenitores y personal de máxima confianza, como era el caso de su aya María Coronel.

Sabemos que Sancho IV poseía unas casas, que luego fueron germen de Real Convento de Santa Clara, en las que moraba de paso por Guadalajara ¿quizás por estar en reconstrucción el Alcázar?; y que también celebró en la entonces villa –¿ya en una renovada fortaleza?– varias cumbres de Estado, como la denominada "Entrevista de Guadalajara" de 1293.

El primer Alcázar Cristiano

Los altos muros medievales que hoy definen el espacio del Alcázar corresponden a dos períodos distintos, aunque no muy alejados en el tiempo.

La construcción más antigua tuvo planta trapecial, casi cuadrangular, con torreones circulares en las esquinas y en el intermedio de los flancos; conservándose únicamente los dos cubos del frente meridional. Estos muros fueron notablemente alterados con el transcurso de los años pero, en principio, se componían de un relleno de cal y canto con forros exteriores de mampostería careada de grandes piezas de sílex y piedra caliza. Estos mampuestos fueron expoliados en su casi totalidad, dejando a la vista el alma de la fábrica, excepto en el citado frente sur y en el del barranco del Alamín. Peor suerte corrió la fachada septentrional, demolida por completo para ampliar el palacio con una nueva crujía protocolaria erigida en tapial.

Este primer edificio contaba en el eje de su fachada sur con una gran torre cuadrangular, proyectada hacia el exterior, en la que se ubicaba la puerta de acceso con un recorrido en acodo. Este trazado, eminentemente estratégico, se resolvía abriendo el vano de entrada en un flanco lateral de la torre –en este caso en el occidental– y desestimando su apertura frontal, opción que impedía un fácil acceso al enemigo.

La puerta –de madera forrada con chapas de hierro– estaba precedida por un gran arco de sillería tras el cual quedaba un hueco o buhedera por el que se hostigaba a quienes atacaban la entrada y por el que se podía deslizar una defensa o rastrillo desde el piso superior. Una vez en el interior de la torre, había que girar 90 grados a la izquierda para flanquear otra puerta y poder acceder a un zaguán de distribución que comunicaba con el patio, la rampa hacia el sótano, y un corredor en 'L' hasta otra puerta que posiblemente se abriría en el flanco septentrional.

De su organización interna disponemos de escasa información; aunque, según las conclusiones de los estudios arqueológicos realizados, parece que pudo contar con cuatro crujías en las que se disponían diferentes salas y dependencias en torno a un patio de crucero porticado con jardín y una alberca central.

También a este primer Alcázar castellano corresponderían los espacios existentes en su planta sótano, conocidos popularmente como "Caballerizas". Se trata de dos crujías contiguas y paralelas al barranco del Alamín, resueltas con la sucesión de bóvedas baídas de ladrillo sobre arcos del mismo material. La más oriental, asentada sobre una explanación practicada en la ladera del barranco, se adosada al exterior del muro del recinto palaciego. Esta proyección, resuelta entonces con una cubierta plana sin tejas, permitió ampliar la superficie de los salones protocolarios de la planta principal con una amplia terraza abierta, a la que se abrían huecos de puertas y ventanas. Desde este singular mirador los ocupantes del Alcázar podían disfrutar de las vistas de la campiña o colocar artefactos artilleros para la defensa del castillo. Debemos anotar que, hasta la construcción de la "Sala de Galera", el Alcázar Real de Segovia contó con un elemento muy similar.

Por voluntad regia –hasta ahora no documentada–, en los años centrales del siglo XIV la fortaleza experimentó un ambicioso plan de reformas y ampliación hasta convertirse en un espacio protocolario para la Corte, en un verdadero Alcázar Real.

Referencias

  • Caballero Cobos, Alejandro (ed.) (2007): Alcázar de Guadalajara. Una historia por descubrir, Guadalajara.
  • Cuadrado Prieto, Miguel Ángel; M. Luz Crespo Cano y Jesús A. Arenas Esteban (1998): "Primer avance de la excavación arqueológica en el Alcázar Real de Guadalajara", en Actas del VI Encuentro de Historiadores del Valle del Henares, Guadalajara, págs. 93-106.
  • ___ (2008): "Estudio preliminar de la secuencia estructural del Alcázar de Guadalajara", en Actas del Segundo Simposio de Arqueología de Guadalajara (Molina de Aragón, 2006), Madrid, págs. 279-297.
  • Layna Serrano, Francisco (1994-4ª): Castillos de Guadalajara, Guadalajara.
  • Navarro Palazón, Julio (2006): "El Alcázar de Guadalajara. Noticias de las excavaciones realizadas durante el año 2005", en Castillos de España. III Congreso de Castellología Ibérica-Apéndice, 141, Madrid, págs. 15-23.
  • Pavón Maldonado, Basilio (1984): Guadalajara medieval. Arte y Arqueología. Árabe y Mudéjar, Madrid.
  • Pecha, fray Hernando (1977): Historia de Guadalaxara, y como la religión de Sn. Geronymo en España fue fundada, y restaurada por sus ciudadanos, Guadalajara. Introducción, trascripción y estudio de Antonio Herrera Casado.
  • Pérez González, Mauricio (1997) Crónica del Emperador Alfonso VII. Introducción, traducción, notas e índices, León, pág. 97.
  • Pradillo y Esteban, Pedro José (2003) "El Alcázar Real de Guadalajara, un castillo ignorado", en Castillos de España, 129, Madrid, págs. 3-19.