Alcázar de los Omeya

De Enciclopedia de Guadalajara
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Artículo de Pedro José Pradillo y Esteban, bajo licencia CC By-sa petit.png

El origen del Alcázar de Guadalajara se remonta al siglo VIII; periodo en el que se construyen varias fortificaciones en los pasos naturales de la cuenca alta del Tajo, gestándose un sistema estratégico y defensivo en la Marca Media.

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Plano del Alcázar de los Omeya

Como tal fortaleza, y dependiente del poder central, se mantendrá hasta finales del siglo XV. Después, tras varias décadas de abandono e utilidad marginal, sus instalaciones perderán el lustro de siglos pasados hasta que, a comienzos del siglo XVIII, sea demolido casi por completo para, sobre sus sólidos muros, adosar los pabellones de la Real Fábrica de Sarguetas de San Carlos.

Para sus primeros siete siglos de existencia podemos establecer tres etapas diferenciadas: Alcázar de los emires y califas Omeya, del siglo VIII al XI; Alcázar de los reyes cristianos, del siglo XII al XIII; y Alcázar Real, del siglo XIV al XV, atendiendo al diseño, distribución y uso de sus dependencias y recintos fortificados.


Las primeras referencias

La falta de estudios históricos sobre la Guadalajara islámica, cuando nuestra ciudad era conocida como Madinat Al-Faray o Wadi-l-Hiyara, impide que tengamos un conocimiento preciso de aquella época y de cómo era la ciudad, su extensión y, por supuesto, el castillo o fortaleza que la defendía.

No obstante, hay datos e informaciones que conocemos desde antiguo, como la ‘‘Historia de Izrac de Guadalajara’’, relato que nos remite a unos acontecimientos ocurridos en el año 865 en el entorno del Alcázar:

"Cuando Muza ben Muza supo lo que había pasado, reunió un ejército, fue a Guadalajara y puso sitio a la ciudad. Izrac hallábase durmiendo en la alcazaba que domina el río, con la cabeza reclinada en el regazo de su mujer. Los del pueblo de Guadalajara estaban diseminados por los cármenes y jardines, cuando arremetieron contra ellos Muza ben Muza y los que le acompañaban, lanzándolos al río..."

Esta breve cita se inserta en el relato anónimo que recoge las hostilidades entre los Banu Salim y los Banu Qasi y la postrera muerte de su líder Musa ibn Musa; uno de los muchos acontecimientos cruentos con los que se resolvían las tensiones rivales que enfrentaban a los distintos clanes, de beréberes y muladíes, radicados en la Marca Media durante los años del Emirato –743 a 929–.

Por otras fuentes sabemos que también abundaron las algaradas promovidas por los reyes cristianos hasta la medina y fortaleza de Guadalajara, las cuales eran rápidamente respondidas con las correspondientes aceifas. Basilio PAVÓN (1984, pág. 17) recoge el relato de Ibn Idari sobre la ejecutada por Al-Hakam I para remediar el hostigamiento a que estaba sometida esta población. En él nos cuenta cómo, después del castigo infringido a los infieles, regresó a ella para dejar un copioso botín, fondos y jornaleros para su reconstrucción.

Estas campañas fueron precedidas por las de Ordoño I; que, por última consecuencia, obligaron a la materialización de una plan de fortificación de estos valles, construyéndose y fundándose –hacia el año 855– por orden del emir Muhammad I las plazas de Calatrava, Talamanca, Madrid, Peñafora, Olmos, Canales y Zorita.

Esta situación crítica no perdería intensidad después de que ascendiera al trono Abd al-Rahman III, quien trató de imponer una política centralista, de pacificación y control de todo al-Andalus, cristalizada en su proclamación como califa.

Durante estos años del Califato –929 a 1031– Guadalajara seguirá ocupando una posición predominante en la estrategia militar de la Marca Media que, a la postre, va a provocar un crecimiento de su población y la consecuente expansión territorial; configurándose como una medina de cierta entidad, base militar para las distintas operaciones belicistas de Abd al-Rahman III. Así, durante la campaña de Muez (920):

"...tras la demora de los preparativos oportunos, el sábado 13 de muharram (4-VI-920), y sentado sus reales en Madinat al-Faray, llamada Guadalajara, el sábado, quedando 6 noches de muharram (15-VI-920). En aquel día elevó al visirato a Sa'td b.al-Mundir al-Qurast, designándolo gobernador de Guadalajara, de la que hizo cadí a Muhammad b.Maysur, entrándose desde allí con los contingentes musulmanes en el país de los enemigos infieles..."

Posteriormente, durante la campaña de Zaragoza, el califa permanecería en Guadalajara, asegurando su bienestar y tranquilizándola, reparando las fortalezas, torres y atalayas, y permitiendo almacenar abundantes provisiones y pertrechos. Se completó así ese amplio plan de nuevas infraestructuras que abarcaba los territorios de las marcas más alejadas de Córdoba, durante los años 937 y 938. También durante la campaña de Alhándega, tras su derrota y durante la primera quincena del mes de agosto del año 939, el califa regresó a Guadalajara para descansar antes de partir hacia Córdoba.

Una vez disuelto el Califato, Guadalajara quedará dentro de los límites de la taifa de Toledo, bajo el control de los Banu dil-Nun, manteniendo su estatus privilegiado como cabeza de distrito hasta su conquista en 1085, año en que pasará pacíficamente a formar parte del reino de Castilla.


Los restos materiales

A la luz de estas noticias debemos pensar que la fortaleza y alcázar de Guadalajara tenían una especial consideración, tamaño y fortaleza, en tanto a que era capaz de servir de alojamiento a una guarnición militar estable, ser residencia del representante del califa y poder alojar a éste, su cortejo y tropas en el transcurso de sus campañas bélicas.

Pero también debemos pensar que durante este período la estructura de esta ciudadela militar, a tenor de los continuos hostigamientos y las necesidades de sus visires y gobernadores, variaría en su tamaño y disposición, ampliando sus recintos y elevando y reforzando sus muros y torres para adaptarse a los avances de la poliorcética, y acomodando y decorando sus estancias al gusto y lujo de sus moradores.

Pero, inevitablemente, las reformas y reconstrucciones realizadas en siglos posteriores han borrado por completo las huellas de ese castillo y palacio andalusí; quizás aún oculto en el subsuelo de las ruinas del cuartel de San Carlos, y a la espera de ser descubierto en futuras campañas arqueológicas.

Es cierto que los distintos investigadores que se han ocupado del Alcázar Real han mantenido tesis contradictorias sobre la cronología de los paramentos conservados; de hecho, algunos autores, han calificado parte de sus fábricas como obra realizada en tiempo de los Omeya. Así, por ejemplo, Basilio PAVÓN (1984, págs. 30-31) después de describir las torres de tapial de la fachada norte, se preguntaba: “¿Estamos ante los únicos restos de la alcazaba musulmana del siglo X que describen muy a la ligera los cronistas árabes de la época?”, pero sin llegar a conclusión definitiva alguna.

Este interrogante, y los estudios realizados en dos campañas arqueológicas, han llevado al grupo de investigadores dirigidos por Miguel Ángel Cuadrado (Madrid, 2008) a identificar como partes del primer Alcázar –al construido bajo el dominio andalusí– a las torres y muros edificados con la técnica del tapial. Es decir, aquellos que delimitan su frente norte y que son fachada a la actual travesía de Madrid, los que constituyen el denominado Peso de la Harina –torreón derruido con fachada a la calle de Madrid y medianero con la Delegación de Defensa–, y la torre que, paralela a éste, se alza sobre el barranco del Alamín.

Nosotros (PRADILLO Y ESTEBAN, Madrid, 2003), por el contrario, planteamos que el frente norte debía ser fechado en una cronología muy posterior y como parte de una intervención de ampliación de época cristiana, manteniendo los otros tapiales como obra andalusí. También, y quizás erróneamente, aplicábamos la paternidad Omeya al resto de las estructuras en pie: los muros interiores construidos en mampostería.

No obstante, y después de los resultados obtenidos tras las últimas campañas arqueológicas abordadas por técnicos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas bajo la dirección de Julio Navarro, podemos admitir que los muros que conforman las ruinas visibles del Alcázar Real corresponden a dos fases constructivas abordadas en tiempos de los reyes cristianos, quizás en una cronología que discurre entre 1250 y 1350.


Referencias

  • Caballero Cobos, Alejandro (ed.) (2007): Alcázar de Guadalajara. Una historia por descubrir, Guadalajara.
  • Cuadrado Prieto, Miguel Ángel; M. Luz Crespo Cano y Jesús A. Arenas Esteban (1998): “Primer avance de la excavación arqueológica en el Alcázar Real de Guadalajara”, en Actas del VI Encuentro de Historiadores del Valle del Henares, Guadalajara, págs. 93-106.
  • ___(2008): “Estudio preliminar de la secuencia estructural del Alcázar de Guadalajara”, en Actas del Segundo Simposio de Arqueología de Guadalajara (Molina de Aragón, 2006), Madrid, págs. 279-297.
  • Ibn Hayyan de Córdoba (1981): Crónica del califa Abderraman III An-Nasir entre los años 912 y 942 (Al-Muqtabis V), por María José Viguera, F. Corriente y José María Lacarra, Zaragoza.
  • Ortiz García, Antonio (1990): “Noticias en torno a la Wad-al-Hayara musulmana: la muerte en sus muros de Muza Beni-Quasi (h. 865)”, en Wad-Al-Hayara, 17, Guadalajara, págs. 307-310.
  • Navarro Palazón, Julio (2006): “El Alcázar de Guadalajara. Noticias de las excavaciones realizadas durante el año 2005”, en Castillos de España. III Congreso de Castellología Ibérica-Apéndice, 141, Madrid, págs. 15-23.
  • Pavón Maldonado, Basilio (1984): Guadalajara medieval. Arte y Arqueología. Árabe y Mudéjar, Madrid.
  • Pradillo y Esteban, Pedro José (2003): “El Alcázar Real de Guadalajara, un castillo ignorado”, en Castillos de España, 129, Madrid, págs. 3-19.
  • Ribera y Tarrago, Julián (1928): Disertaciones y Opúsculos, Madrid, tomo I, pág. 128: “Historia de Izrac de Guadalajara”.