Alcázar Real

De Enciclopedia de Guadalajara
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Artículo de Pedro José Pradillo y Esteban, bajo licencia CC By-sa petit.png

El origen del Alcázar se remonta al siglo VIII; periodo en el que se construyen varias fortificaciones en los pasos naturales de la cuenca alta del Tajo, gestándose un sistema estratégico-defensivo en la Marca Media.

Como tal fortaleza, y dependiente del poder central, se mantendrá hasta finales del siglo XV. Después, tras varias décadas de abandono e utilidad marginal, sus instalaciones perderán el lustro de siglos pasados hasta que, a comienzos del siglo XVIII, sea demolido casi por completo para, sobre sus sólidos muros, adosar los pabellones de la Real Fábrica de Sarguetas de San Carlos.


Alcázar Real


Para sus primeros siete siglos de existencia podemos establecer tres etapas diferenciadas: Alcázar de los Omeya, del siglo VIII al XI; Alcázar de los Reyes Cristianos, del siglo XII al XIII; y Alcázar Real, del siglo XIV al XV, atendiendo al diseño, distribución y uso de sus dependencias y recintos fortificados.

Un nuevo espacio para el Rey

En la primera mitad del siglo XIV, quizás coincidiendo con el reinado de Alfonso XI (1312-1350), la fortaleza experimentó un ambicioso plan de reformas hasta convertirse en un espacio protocolario para la Corte.

Esta intervención propició la ampliación del primer Alcázar cristiano en su fachada norte, demoliendo la crujía de ese frente, la cortina de cerramiento y los torreones que lindaban con el arrabal de la Alcallería. Con esta operación se aumentaba su superficie edificada, pero también se le dotaba de espacios de alta significación institucional, propios de una residencia real: el salón del trono y una sala de audiencias, además de los reservados para la higiene personal –baños y letrinas–.

La obra nueva, a diferencia de la primera construcción castellana, se levantó con tapiales de tierra –de igual grosor que los existentes de mampostería– y se le dotó de torreones cuadrangulares –de mayor volumen que los circulares antecedentes– que otorgaban al Alcázar una imagen de gran fortaleza. Prueba de ello, es el detalle que nos ofrece la “Vista de Guadalajara” realizada por Anton Van den Wyngaerde en 1565, en la que se observa esta fachada con toda su magnitud y potencia.

La torre más occidental albergaría una puerta de acceso al recinto que, según proponen los arqueólogos de la Escuela de Estudios Árabes, conectaría con el corredor que conducía hasta la puerta del frente septentrional. Este nuevo hueco se resolvió con un arco de herradura apuntado, de gran desarrollo sobre impostas de piedra caliza, siguiendo la misma traza que los existentes en la parroquia de Santa María. La central, servía de cobijo a una sala cuadrada o “qubba”, que servía de salón del trono y que contaría con una exuberante ornamentación –zócalo de azulejos, frisos de yeserías y policromo artesonado–. Este salón tenía por antesala un enorme espacio protocolario para las audiencias. Finalmente, la más oriental, se resolvía como un elemento macizo en el que apenas, a la altura del adarve, contenía una pequeña dependencia para la guardia.

Entre la sala de audiencias y los muros de las torres se ubicaban dos espacios más: el baño y letrinas –estas últimas en el interior de un patio– en el sector oriental; y, en el occidental –todavía sin excavar–, quizás una renovada capilla de San Ildefonso.

El resto de dependencias pertenecientes al primer Alcázar castellano conservarían su estructura, manteniéndose prácticamente intactos el patio de crucero, la galería de columnas octogonales que lo circundaba y la alberca central.

A este mismo plan de mejoras el equipo de la Escuela de Granada atribuye la construcción de la muralla externa de tapial que defendía la primitiva construcción en sus frentes oeste y sur, y también la torre en la que se emplazaba la puerta que cerraba el paso al recinto real. Esta fabulosa construcción fue conocida después como el Peso de la Harina.

Escenario institucional y cortesano

Las obras de ampliación y decoración acometidas en los años centrales del siglo XIV son un verdadero paradigma en la evolución de la arquitectura castellana del momento –en paralelo con la que está desarrollando el sultán nazarí Muhammad V–, en la que los espacios destinados a la majestad del monarca adquieren una escala de alto contenido simbólico, y no sólo por el volumen y ornamentación de sus nuevos espacios.

Ya durante las primeras campañas arqueológicas realizadas en el Alcázar en los años 1998 y 2000 –acometidas por un equipo dirigido por Miguel Ángel Cuadrado– se exhumaron, mezclados con el escombro de relleno, varios fragmentos pertenecientes a la decoración en yeso que cubría los paramentos, soportes y techumbres de sus antiguas dependencias.

La traza, diseño y motivos de estas piezas inéditas están en estrecha relación con las yeserías de otras construcciones programadas por los reyes castellanos, pudiendo encontrar paralelos con las existentes en la “Capilla de Belén” en Toledo o la “Capilla de la Asunción” en Burgos, fundadas por Alfonso VI y Alfonso VIII, respectivamente; y con las de los palacios de Tordesillas, Astudillo y León o las de los alcázares de Córdoba y Sevilla, construidos bajo el mecenazgo de Pedro I. En todos y en cada uno de ellos, los programas decorativos en yeso tienen un papel predominante, al igual que en la arquitectura palatina que se está ejecutando en la Granada nazarí.

Pero también esos motivos encuentran sus equivalentes en los existentes en otro tipo de edificaciones: las sinagogas de Córdoba, Toledo y Segovia, construidas por esos años. Especialmente hemos de relacionar la reciprocidad existente entre los capiteles del patio del Alcázar alcarreño con los de los pilares de la toledana Santa María la Blanca y con los de la segoviana del Corpus Christi, sinagoga desaparecida hace tiempo.

Igualmente, encontramos su rastro en otros ejemplos existentes en la ciudad de Guadalajara; como, por ejemplo, el arrocabe mudéjar que aún hoy se conserva en la nave principal de la actual parroquia de Santiago Apóstol. No es de extrañar, por tanto, que los reyes Alfonso XI y Pedro I utilizaran el Alcázar de Guadalajara como uno de sus lugares de residencia o que, durante el reinado de los primeros monarcas de la dinastía Trastámara, en el idóneo escenario para la celebración de Cortes del Reino.

Por ejemplo, sobre el primer pormenor fray Hernando Pecha en su ‘‘Historia de Guadalaxara’’, atestigua: ‘‘“… doze años después en una enfermedad muy grave, que tuvo el Rey don Alfonso, pareciéndole que era Guadalaxara de los lugares más sanos de este Reyno, se vino aquí a curar, y a convaleçer. Estando el Rey en esta ciudad vinieron a él los Prelados de Reims de Francia y de Rodas, embaxadores de el Papa, y el Arzobispo de Braga embaxador de el Rey de Portugal, a tratar la Paz entre el Rey de Portugal su suegro y nuestro Rey don Alfonso...”’’.

Sobre el segundo, las Cortes de Guadalajara de 1390 y 1408, recordar que fueron las primeras las de mayor significación política, en tanto a ser punto y final del largo período de crisis iniciado en 1367 con la guerra civil abierta entre Pedro I y el fraticida Enrique II. Aquella reunión congregó en Guadalajara, bajo la presidencia de Juan I, a los representantes de la nobleza, de los señoríos eclesiásticos y de las ciudades con tal derecho. La ‘‘Crónica de Juan I’’ de Pero López de Ayala, su canciller, sigue siendo una de las principales fuentes para conocer lo tratado en las sesiones que se sucedieron, al menos, entre el 16 y 30 de marzo de 1390.

A estos episodios seguirán otros, no menos importantes y fastuosos, como la estancia de Juan II en 1436 con ocasión de las bodas de don Diego Hurtado de Mendoza con doña María de Luna. Años más tarde, en 1448, y tras el continuo afianzamiento de los Mendoza en la estructura administrativa del reino y de la ciudad, estos recibirían de este monarca el nombramiento de Alcaide del Alcázar.

Abandono y ruina

Por los testimonios de los cronistas parece que los duques del Infantado se sirvieron de la fortaleza para sus intereses particulares; utilizándola como almacén y cantera de materiales de construcción para los distintos proyectos edificatorios que tenían en la ciudad.

Sólo una parte de ella quedaría a salvo al ser ocupada por varias instituciones de la ciudad, como las dependencias destinadas a sede de la Milicia del Concejo o para el arbitrio de productos de primera necesidad, como el Peso de la Harina; pero también por parte del gremio de alfareros, tal y como demuestra la existencia de varios hornos dedicados a la cocción de piezas de uso doméstico en el interior de algunas dependencias del palacio medieval.

Este umbral de abandono queda delimitado por dos acontecimientos bélicos: uno, en 1460, cuando Enrique IV toma por la fuerza el Alcázar para expulsar a los Mendoza y sus partidarios de la villa y compensa a Guadalajara con el honor de elevarla a la dignidad de ‘Ciudad’; y otro, en 1520, cuando la nobleza y pueblo alcarreño se acuartela entre sus muros y se alza en armas para sumarse a la causa de los Comuneros de Castilla.

No es de extrañar que años más tarde, en 1579, en las respuestas a la “Relación de Felipe II” los responsables del Concejo advirtieran que: ‘‘“... su edificio es de cal y canto y ladrillo y en algunas partes de argamasa; arguye en su demostración grande antigüedad, está ya casi cayda, havia dentro della una capilla llamada de Santoliphonso que se celebran en ella algunos sacrificios y misas por los Reyes pasados, que por estar como está arruinado se celebra agora en una iglesia allí junto que se dice Santiago.”’’

Sobre este extremo, el regidor Francisco de Torres en su ‘‘Historia de Guadalajara’’ –obra manuscrita en 1647– sostenía: ‘‘“Por la parte que mira al campo, que es inexpugnable; por las demás partes tiene fuertes muros con su rondas y valuartes y en la torre maestra no a muchos años que cayó un rayo, en ocasión que tenía muchos barriles de pólvora, con que se voló la bóveda del techo y se descompusieron las ventanas. En este Alcázar se aposentaron muchos Reyes y Príncipes y para su reparo tenía los derechos del diezmo el yeso, cal, ladrillo y teja. Hoy se ha perdido esto, y sus salas no están con la obra majestuosa de su adorno pasado.”’’

Sin embargo, la destrucción de todas sus dependencias se produciría en el siglo XVIII, tras la implantación de la Real Fábrica de Paños en el inmediato palacio de Montes Claros. Primero, extrayendo los materiales constructivos derivados de la demolición parcial de sus estancias para las obras de adaptación de esos primeros locales; y segundo, años más tarde, cuando se vacíe por completo para poder apoyar el nuevo edificio de la Real Fábrica de Sarguetas de San Carlos.

Referencias

  • Caballero Cobos, Alejandro (2007): Alcázar de Guadalajara. Una historia por descubrir, Guadalajara.
  • Crespo Cano, M. Luz y Miguel Ángel Cuadrado Prieto (2002):“La pequeña historia en el Real Alcázar de Guadalajara. Objetos para jugar”, en Actas del VIII Encuentro de Historiadores del Valle del Henares, Madrid, págs. 107-126.
  • Cuadrado Prieto, Miguel Ángel; M. Luz Crespo Cano y Jesús A. Arenas Esteban (2008): “Estudio preliminar de la secuencia estructural del Alcázar de Guadalajara”, en Actas del Segundo Simposio de Arqueología de Guadalajara (Molina de Aragón, 2006), Madrid, págs. 279-297.
  • Layna Serrano, Francisco (1994-4ª): Castillos de Guadalajara, Guadalajara.
  • Pecha, fray Hernando (1977): Historia de Guadalaxara, y como la religión de Sn. Geronymo en España fue fundada, y restaurada por sus ciudadanos, Guadalajara.Introducción, trascripción y estudio de Antonio Herrera Casado.
  • Pradillo y Esteban, Pedro José (2000): “Yeserías mudéjares en el Alcázar Real de Guadalajara”, en Goya, 276, Madrid, págs. 131-139.
  • ___ (2003): “El Alcázar Real de Guadalajara, un castillo ignorado”, en Castillos de España, 129, Madrid, págs. 3-19.