Abastos en la Edad Moderna

De Enciclopedia de Guadalajara
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Artículo de Manuel Rubio Fuentes, bajo licencia CC By-sa petit.png
Postura del abasto del aceite de 1629 (Archivo Municipal de Guadalajara).

En una economía basada en la agricultura de subsistencia, donde cualquier incidencia climática (heladas, excesivo calor, lluvias, sequías, etc.) provocaba una carencia de alimentos básicos, con las correspondientes dificultades para abastecer a los núcleos de población y sus consecuencias en forma de hambrunas y enfermedades, una de las obligaciones más importantes de los Concejos fue la de mantener a los municipios, sobre todo en épocas de crisis, abastecidos lo mejor posible de los alimentos básicos, a los precios más asequibles que se pudiera, tratando de servir a todos los habitantes en conjunto y, ante todo, a los más desfavorecidos. El Concejo de Guadalajara no podía ser menos y desde la Edad Media dispuso los mecanismos necesarios para buscar solución a los problemas de abastecimiento.

El abasto del pan

Para el abasto del pan, desde los tiempos inmediatamente posteriores a la Reconquista, los reyes dotaron a Guadalajara de una zona de influencia formada por los numerosos pueblos que integraban el denominado “Común de Villa y Tierra”. Esta zona servía de fuente de aprovisionamiento para la entonces villa, después ciudad de Guadalajara.

Dado que la producción no era suficiente todos los años, se constuyeron pósitos o graneros públicos para disponer de trigo para pan en tiempos de crisis y para repartirlo entre los campesinos a precios moderados para la siembra. Los pósitos, dirigidos por el Concejo, fueron regulados por la Corona.

Guadalajara dispuso de un pósito municipal durante todo el siglo XVI hasta 1632, fecha en que esta institución desaparece hasta 1699 en que es refundado. En todo este tiempo, había que salir a buscar trigo allí donde lo hubiese. Para ello se nombraban comisarios entre los regidores, los cuales se encargaban de buscar dinero y de desplazarse hasta aquellos lugares sobre los que se tenían noticias de que había trigo para comprar. Una vez el trigo en la ciudad, otros comisarios se encargarán de repartirlo entre los distintos hornos de la ciudad y de las villas vecinas para panadearlo y venderlo a los precios mas ajustados posibles.

El abasto del vino

Otro abasto importante fue el de vino. Guadalajara se encuentra en una tierra apta para el cultivo de la vid, aunque el clima no permite mantener cosechas regulares. La ciudad trató de garantizar el abasto del vino (y el cobro de los tributos correspondientes) a través de sus cosecheros, para lo cual desde el siglo XIV, por privilegio real, dispuso de un Cabildo de Heredados integrado por todos los propietarios de viñas de la ciudad. Aunque la principal finalidad del Cabildo de Heredados era la defensa de los intereses de sus miembrros, ya que impedía la entrada y venta de vino de fuera hasta que no se agotase el suyo, también aseguraba recaudación de impuestos y el abastecimiento de los vecinos, de modo que el vino solo en años de mínima cosecha tuvo que buscarse fuera.

Cuando estaba a punto de agotarse el vino de los cosecheros vecinos de la ciudad, se permitía a los cosecheros de los pueblos de su Tierra vender vino en Guadalajara y, cuando este se agotaba, el Concejo mandaba pregonar el servicio de abasto hasta la nueva cosecha, con las condiciones de aprovisionamiento y venta para que, en pública subasta, aquél que mejorase tales condiciones se hiciera cargo del mismo. El contratista recibía el nombre de obligado.

Los obligados

Además del abasto de trigo y vino, el Concejo necesitaba asegurar otros como fueron los de la carne, el tocino, el pescado, el aceite, el jabón y la nieve. Para que no faltasen estos productos la ciudad nombraba todos los años un obligado para cada uno de ellos.

Para nombrar los obligados, se seguía en todos los casos el mismo proceso: el Concejo en sesión plenaria acordaba las condiciones en las que se iba a cumplir el servicio durante todo el año, así como la fecha, hora y lugar en que iba a producirse la subasta. En el pliego de condiciones del contrato se fijaban los precios a los que tenía que venderse la mercancía, la clase o tipo de producto que había de servirse –por ejemplo, en la carne, si era de carnero, vacuno o macho-, como se iban a pagar los impuestos correspondientes, lugar y días de venta así como las reglas de la venta al por menor, ya que nadie más podría vender en cantidades por debajo de las estipuladas (dos arrobas para la carne).

También en el pliego se ordenaba su publicación y pregón en las plazas públicas de la ciudad y en las otras poblaciones hasta una determinada distancia, que en el caso de la carne podía llegar a incluir Alcalá de Henares, Madrid y Segovia. A los obligados de la carne, tocino, aceite y pescado se les imponía, además, la obligación de pagar un toro para las fiestas.

El día de la subasta se constituía la mesa en el Ayuntamiento, formada por el corregidor, uno o varios comisarios de abastos y el escribano. Se encendía una vela, cuya duración marcaba el comienzo y el final de la subasta y en ese periodo de tiempo se veían las posturas presentadas y se establecían turnos de mejora hasta el cierre del procedimiento. Quedaba nombrado aquel que hiciera la última mejora.

A los obligados de la carne se les arrendaba la dehesa de Valdeapa, para que pastara el ganado que iba a servir de abasto a la ciudad. Las reses se sacrificaban en el Matadero municipal y se llevaban a la carnicería de la ciudad, donde se llevaba a cabo la venta al por menor. Por la carnicería se abonaba una renta al Concejo.

Los obligados del pescado tenían que vender este en la pescadería de la ciudad por la cual también tenían que pagar una renta. Sin embargo, el resto de los obligados podían poner tienda a su conveniencia.

Cumplir con los compromisos contraídos era harto difícil, sobre todo en épocas de crisis. En su mayoría, los obligados lograron tener abastecida la ciudad, aunque no siempre a los precios previstos. El mercado no tenía ninguna estabilidad y los precios eran poco predecibles aún en épocas de bonanza. Por otra parte, los contratistas procuraban ajustar tanto las ofertas o "posturas" que cualquier variación de los precios, sobre todo si se producía al alza (a la baja pocas veces), hacía saltar por los aires sus previsiones. Ante las pérdidas (o posibles pérdidas), los obligados pedían con frecuencia al Concejo la revisión de precios y las subidas consiguientes de los mismos.

Bibliografía

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